domingo, 23 de septiembre de 2012

Reflexiones sobre poesía grotesca


   Por Chano Castaño 




   No estoy lo suficientemente depravado. Me falta algo de suciedad en las bisagras que promueven mis pensamientos grotescos. Quiero ser un agobiado que busca imágenes compactas y explicaciones que agilicen mi lógica violenta. Hay días que le quiero partir la cara a todo el mundo, a mis rencores principalmente, pero nada está dicho en cuanto a eso. Prefiero callar. Muchas furias me las trago con el hígado, y no me refiero a que me las beba en garrafas de vino, sino a todo lo contrario: las destilo adentro, en mis tripas, y con al veneno que surja me intoxico. La cabeza me pesa, está llena de sangre. Luego tomo aire como si me estuviera ahogando, me tranquilizo y sigo caminando. En cualquier momento volverá la violencia, una ráfaga oscura en la que justifico muchos de mis métodos. Las ganas de sangre son la metodología secreta de mi vida. 
   Claro que no busco ser percibido como un alfeñique. Tampoco soy un asesino ni un violador. Detesto mirar cuerpos desnudos porque sí, ademas de tener un control absoluto de mis apetitos sexuales. Simplemente soy depravado, un enfermo de la mirada, me gusta condenar la ridiculez y reflexionar lo enfermo que me hace sentir vivo, eso que muchos otros rechazan porque solo pueden con lo impoluto, con lo perfecto y afinado. Yo desprecio la perfección. La desprecio lentamente, primero admirándola, luego entendiéndola hasta su límite—tal vez ese límite en verdad es mío—y al final me arrincono en su antípoda, me aferro al caos y abro mi vértigo a los abismos que vengan. Con el tiempo nada me sorprende. Con el tiempo vas desapareciendo al ritmo que vas creciendo. Algo desaparece y algo queda. Tu esencia al final es importante. Aunque puedas olvidarla de un plumazo de senilidad. 
   La depravación que es poesía es aún más bella y trágica que la poesía que contiene esplendor y limpieza. Y no me refiero a los opiáceos versos del siglo XIX, que en buenas dosis nadie puede negar que son los mejores paliativos, sino a la poesía que contiene un dolor de carne y de alma, puro abatimiento, que te revienta los huesos de un martillazo, que te aguijonea el pescuezo con un collar de alambres y puntillas. Esa poesía desgarradora que se lleva una parte de ti, que roba tu espíritu y lo pierde entre espesos bosques de color violeta, es la que agranda la sensación poética sobre la Tierra. O sobre nuestra vida, mejor dicho, porque nadie entiende, en muchas ocasiones, que la poesía no solamente está escrita: es la vida, así de simple: la vida es poesía deforme.
Alguna vez alguien me dijo que la poesía es solidaria, que dentro de sus tolerantes fauces, cabía el repudio y la traición, la locura y el dopaje. Los versos no juzgan a quien los escribe, en verdad son su máscara, es el artilugio con que se presenta al carnaval que es su propia existencia. Que baile o no, eso es problema de él y de cada poeta. Aunque a decir verdad los poetas están casi extintos, o bueno, los poetas como se conocieron hasta el siglo XX. La lectura pasó a ser mera adquisición, nada de placer y deleite, como todas las cosas que nos rodean ahora. Ya nadie declama versos a no ser que su oficio se lo dictamine. Qué grotesco, pero qué bello. La literatura cada vez es menos ella, es otra cosa más imperforable por sus propias palabras. Se blinda contra sus métodos y se abre al mundo de la desconfiguración y la ansiedad. Desnuda y retorcida. Pervertida y obsesiva. 

martes, 11 de septiembre de 2012

Saudade

Por Chano Castaño


   Toda emoción humana, así como el pensamiento que atraviesa al expresarse (o el terremoto que acontece cuando explota), tiene una palabra que la designa. Palabras más, palabras menos, estamos rodeados de signos que pueden ser sugerentes al momento de contener un espíritu, por muy pequeño  que sea (porque eso que llaman el sentido, el significado, es una babilla de luz y energía), o por muy grande que se conciba desde su inicio. En mi corto camino de lector, he leído palabras estrafalarias, pasivas, bellas, horripilantes y mágicas. Una de ellas, que definiría como una playa desierta de arena gris en la que un caminante solitario se topa unas bragas que le recuerdan su mujer amada, es saudade. 
  La palabra del portugués que designa la añoranza, la melancolía del extrañar algo o a alguien, que aparece como es (saudade, saudade) en todas las novelas, poemas y cuentos en donde está escrita, es una de las mots en que los traductores ya tiraron la toalla. No tiene par en otro idioma, no existe una doble dimensión para ella, está abandonada en su calidad de signo único, de sonido irrepetible. La saudade, humana como toda palabra, no solo está en Brasil y en el portugués. Está primero que nada, en todos nosotros. Porque sin saberlo vivimos las palabras siempre aunque no las hayamos descubierto, sobretodo aquellas que tienen el poder de vislumbrar ante nuestros ojos las realidades más veladas. 
   

lunes, 10 de septiembre de 2012

Abre a Janela (R.R.V)

Por Chano Castaño



I


   El amor nunca fue para Joe Ballack el centro de su actividad. Escribió a cuenta gotas versos de amor cuando conoció la literatura. La sepultó también el día que percibió que ningún endecasílabo transformaría a la mujer amada en ninfómana activa, porque en verdad, como un hombre de mentalidad fría, de nervios templados y de piel seca por los años de tabaco, Ballack a lo sumo sentía amor al penetrar sobre la cama. En eso era un republicano de venas celestes: sexo reposado en cojines, poses clásicas de progenitor y escasa curiosidad por los orificios del más allá. Pero el tiempo siempre envuelve las certezas más ocultas y las transforma en límites, y Lady Franz, la nueva Lady Franz de costumbres brasileñas, daría un carpetazo en tres días a las viejas mañas heladas de su amado cronista y lo llevaría al éxtasis. Se le trepaba como una loca donde quiera que lo veía; en el baño, en la cocina, en los rincones donde se encuentran las esquinas, en los muebles abiertos como pétalos. Al principio fue como articular una momia, pero con dos corridas de búfalo tuvo el gringo para afinar el tino. No se reconocía. Ahora prefería andar desnudo en el sol que Rio de Janeiro desplegaba por su casa. Sabía que antes del desayuno el banquete estaba servido en tangas. 
   A ritmo furioso escribía el libro. A la revista le tiró las sobras, apenas un abrebocas de lo que sería su publicación en ciernes. Los editores lo insultaron por teléfono, pero cualquiera repele un ataque iracundo cuando se la chupan bajo el escritorio. La inspiración le llegaba con los datos, la reanimación se la daba Lady Franz y la comida pesada del Brasil, en donde sin pudor se sirve frijolada junto a un banano, lo ponía corre que corre de lado a lado. El texto salió del tamiz después de dos meses de analisar las agendas de su amada espía y de figurar recalcitrantes conclusiones, donde quedaba mal parado el actuar político americano de los ochenta a finales de los noventa. Dejando cualquier títere sin cabeza, relajó la suya entre las piernas de su amante durante las siguientes semanas y subió un par de kilos, se acostumbró a los tiroteo ocasionales del Complexo do Alemão y comenzó a tramitar su visado residente. 
   Una noche recibió un correo de Ripamar, el dueño de la República--léase residencia--, donde le advertía que sus maletas todavía estaban en el armario donde las había dejado, le aclaraba que debía pagar el tiempo en que las había dejado allí encerradas así el no hubiera colocado su cuerpo en el catre, y le dejaba claro, con palabras poco elegantes, que no recomendara su posada, a nada ni a nadie. El colombiano también había desaparecido de la República. Ballack lo sabía porque era en verdad el mensajero de Lady Franz, le traía recados, dinero y mensajes de otros personajes con los que la bella espía de la pos-Guerra Fría mantenía negocios. Ballack nunca se preguntó qué tipo de movimientos hacía su mujer, tampoco quiso esculcar mucho el saco que le daba de comer y de beber, y se mantuvo tranquilo y sin hacer ruido. 


 II


   El libro armó un gran revuelo en los Estados Unidos. En las tiendas el mamotreto inmanejable--1890 páginas--tuvo problemas para acomodarse junto a otros futuros best sellers. Su primera edición se agotaba con el ritmo desquiciado que tienen los americanos para comprar, y en menos de un mes tuvo que salir una segunda edición. Para entonces, Ballack ya tenía sentencia de muerte. El gobierno americano lo buscaba a él y a Lady Franz por alta traición a la patria y había colocado precio a su canosa cabeza. Contra la orden se manifestaron librepensadores, libreinformadores y todos los grupos que buscaban apedrear al sistema por cualquier cosa. En verdad fue la mejor campaña publicitaria que pudieron haberle dado a su trabajo, porque con el tiempo no solo se agotaron las muestras de su último libro, sino las existentes de los pasados. La caja registradora sonaba como una botella de champagne. 
   Una mañana Ballack, con su aprendida costumbre de andar desnudo de las ocho al medio día, abría la ventana de la sala principal con esa laxitud que se apropia de los cuerpos en el trópico azulado. Mirando el horizonte respiró el aire de la favela y entonces la detonación le dio una advertencia. Los tiros comenzaron y el gringo se alcanzó a tirar en plancha al suelo como en las películas de acción pero ya era demasiado tarde. El picotazo que sintió en el pescuezo de lagarto que tenía a su edad, lo atravesó como a una sandía de poligono, y la sangre llenó la sala con su espeso andar de río profundo. Luego los militares entraron por la puerta, por el techo, por las ventanas. Buscaron a la mujer pero no la encontraron. Ballack, en su agonía, alcanzó a decir el nombre de Lady Franz y a escuchar que ella no andaba por ahí. 
   El cuerpo del cronista fue incinerado. La operación era secreta y nadie podía enterarse de su muerte. Lo convertirían en mártir y tener otro Luter King, otro Kennedy, era lo que menos le interesaba a los americanos. Por lo menos a los americanos que estaban sentados en la Casa Blanca. Por abrir a janela el periodista de pico de azufre había caído muerto como cualquier traficante de Rio de Janeiro. Lo que nunca sospechó fue lo que se tramó desde un principio a sus espaldas. 
   El colombiano no solo era el amante de Lady Franz, también era su verdadero amor. ¿Qué mujer prefiere un cuerpo flácido y una palabra temblorosa al rígido posar de un jovenzuelo? Habrá excepciones pero acá no importan. La espía escapó junto al colombiano, con el dinero de los libros y una nueva identificación a una isla del norte llamada San Andrés. Vivieron felices allí durante mucho tiempo hasta que una sobredosis de ron le produjo un derrame a la viuda negra del periodismo americano. El magro colombiano, fumando y dejando salir humo de su boca, ya no buscaba los río en el desierto. Siempre quiso tener el mar en frente. Y lo había logrado a sangre y fuego. Ya nada importa. Solo el atardecer en que en tercera persona escribió estas palabras y cesó su pistola de babas y letras para despejarse frente al atardecer, y ver al sol ocultarse, una vez más, en las fauces dispersas de un océano que siempre calla sus mejores secretos. 

   

sábado, 8 de septiembre de 2012

O sonho brasileiro (R.R.IV)

Por Chano Castaño


   No mar estava escrita uma cidade. 

C.D. de Andrade



   La Policía Federal de Rio de Janeiro es un cuerpo de Terminators. Chaleco anti balas que puede con todas las balas; cintas cruzadas por el torso y las piernas donde se arruman fierros, municiones y bombas de gas; punteras de acero, mirada polvorera, silencio pétreo y actitud abusiva. Y evasiva, como no. Alguien que mata y come del morto sabe escapar. Eso si, tiene que callar. Así de simple. Lo demuestran los papeles confusos que Joe Ballack tiene que firmar en el escritorio del capitán Lotencio. Lochinciu. ¿Cómo?, pregunta el gringo perdido como una tortola abaleada. Lochinciu. Da lo mismo. El cronista firma y sale. Ônibus hasta Copacabana y silencio otra vez en su cama.
   Una mañana Ballack escribe acomodado en la zona de fumadores de la República de Ripamar. Anota nombres, boceta imágenes--todas oscuras, llenas de horror, de lamento--, y ve al colombiano magro llegar a la mesa, prender un cigarro y esquivar la mirada. Sigue escribiendo con soltura pero en el ambiente algo pasa de claro a oscuro mientras de la boca del flaco solo sale humo. Entonces Ballack no aguanta, siente en sus adentros como va fluyendo el journalista precoz que hacia entrevistas sudando frío, que preguntaba genialidades en su cabeza pero cuando las decía en verdad eran sandeces. ¿Por qué tienes mi nombre anotado en tu agenda?, le dice al colombiano de cara impávida. El tipo mira la cabeza encenizada del cigarro y luego, como si estuviera recargando sus ojos de fuego, enfrenta a Ballack con sus dos pupilas castañas y marrones, y le dice: porque usted es mi ídolo. Llevo en Rio de Janeiro el tiempo necesario para saber que era aquí donde lo encontraría, y en verdad, no he hablado porque aún no es el momento. 

   -¿El momento de qué, si puedo saber?--pregunta Joe Ballack aun más intrigado. 
   -Primero responderé a la pregunta que no ha hecho pero que hará más adelante. Si no la hace, no importa, sabré que comprendió todo--. El colombiano fuma lento, como si tuviera la vida por delante, como si Ballack fuera un adolescente y él su mentor--. Leí sus libros a temprana edad: los crímenes de Golfo Pérsico de las legiones del desierto me marcaron para siempre. También indagué sus ficciones, sus novelas fallidas, los manuscritos que hay en la Internet que fueron rechazados por las editoriales pero que, por si no lo sabe, son textos ya de culto entre los admiradores de su obra--. El tipo se detiene otra vez, descabeza el cigarro y ve que tiene la atención de Ballack--. Y también, sin temor a equivocarme, sé que su verdadera racha de éxitos terminó porque usted perdió al amor de su vida. Nadie me lo contó en secreto. La última dedicatoria en su libro El astrolábio de un barco ciego, fue dirigida a Lady Franz, una mujer que nadie conoce, que nadie supo que era de su círculo íntimo, que nadie intuyo que fuera su amante. Después todos sus textos se quedaron sin musa. O, como preferiría llamarla yo: sin espía secreta. 



   II


   Kuwait, 9 de agoto de 1990. De un hércules amarillo y lleno de arena se baja un grupo de fotógrafos flacos, una docena de periodistas con maletas de cuero colgadas al hombro y un grupo de soldados los escolta hasta llegar al camión del ejército que los espera. Vienen a cubrir la operación Tormenta del Desierto que, por así decirlo, es una de las operaciones más largas de la historia: ha durado toda una guerra. La coalición de países occidentales que pelean para liberar estas tierras del pavoroso Iraq son asesinas como sus enemigos. Eso lo sabe solo uno de los periodistas, un hombre maduro, en el final de su juventud, lleno de vigor e inteligencia, sagaz y atrevido: es Joe Ballack, reconocido cronista de pico afilado y dardos a manos llenas, a nadie respeta y nada se guarda. Sus fuentes son desconocidas pero muchos lo sospechan: es una mujer, su amante secreta, la que provee el filo más contundente de sus comentarios dominicales en la prensa americana. Tal ves por eso los soldados lo miran con recelo y hasta uno saca un libro de su mochila y le pide que lo firme, aunque no sea de su autoría. 
   En el hotel mantienen bajo control a los comunicadores. La vigilancia está dentro del protocolo, pero cuando llega la noche el espíritu cambia. Sobretodo bajo la luna del medio oriente, que es la misma de occidente pero con otra cara, con más cicatrices, con el corte curvado que le ha entregado una vida entera marcada por la violencia de dioses y de hombres. Ballack tapa su rostro con una burca y se disfraza, sale del hotel como un turista y nadie le habla. Toma un taxi, pregunta cosas al chofer y paga cuando llega a su destino. Una posada de una sola estrella como la que acompaña la luna turca. Una pensión asquerosa donde el amor hace que se convierta en palacio. Su amante, Lady Franz, lo espera desnuda en la cama. Ballack entra y hacen el amor sin mediar palabra, no se ven desde que comenzó la guerra. Entre las sábanas docenas de secretos se los cuenta ella a cambio de orgasmos y versos de Lorca en el nido de su oreja. Los cuerpos tiemblan, la tierra bombardeada también y pronto temblará el mundo con las revelaciones de este periodista afortunado: consigue los mejores datos encamado, sudando de placer, llorando de dolor pélvico. 
   Tormenta del Desierto es una guerra justa e injusta. Muertos corren por los ríos de venganza,  entre los marcos políticos y el esperpento de los dioses de oriente medio. Una locura. Un manicomio. Ballack lo sabe y acude al inconsciente de los bandos, a su rostro oculto entre lo oscuro. Visita burdeles, morgues improvisadas donde se practican autopsias ilegales (la muerte es buen negocio siempre), y hace el amor a su espía favorita a cambio de información de primera. Escribe su libro entre arena, sangre y semen. No habla con sus compañeros de trabajo, todos lo hayan un borracho que destila olor de azufre. Lo que no saben es que ama el poker y siempre tiene una carta tapada. Tormenta de corazones, de balas, de lamentos. Entre las dunas y las ruinas de los pueblos del mundo se pelean la libertad (designada por el mal) y el favor de los justos (defendidos por su historia). El último día de su instancia en Kuwait, Ballack escucha a un anciano que le cuenta las profecias que ve en los atardeceres. Solo una frase queda resonando en su cabeza para siempre: nadie es dueño del tiempo, nadie reconoce su fortuna: el hombre, de arena y agua, pierde su alma buscando el río en el desierto. 




III


   Después de la conversación en la zona de fumadores, el colombiano se arrastra a Ballack a la calle. Andan la rua Siqueira Campos y pegan un taxi. El trayecto es largo y costoso, además de que el chofer no quiere ir hasta el destino de la casal de extranjeros. ¿Por que van al Complexo do Alemão?, les pregunta el motorista enrranchado cada vez más en su portugués callejero. Eso no es problema suyo, le responde el colombiano mirando la ciudad por la ventana. Joe Ballack es menos impulsivo, menos emocional, y comienza una conversación con el taxista alrededor de la historia de los bairros de la ciudad carioca. El tipo les cuenta que antiguamente, cuando Rio de Janeiro todavía era la capital del Brasil, los obreros moraban en el centro de la ciudad. Para él, que en su infancia recorrió las playas y la hermosura de la montaña Pan de Azúcar, fue una mierda cuando llegaron los reformadores, que lo único que hicieron fue desplazar a la clase obrera a las periferias y adueñarse del centro, obligando a que muchos invadieran terrenos y crearan la favelas y morros. Desterrados dentro de su propio lugar muchos engendraron los dolores de cabeza de los cariocas: traficantes, hambre e ignorancia. Los ricos brasileros siempre han querido esconder a sus pobres (en ese momento el colombiano mira al taxista y sonríe maliciosamente), y los pobres brasileros no están ofendidos con su pobreza: saben, en el fondo de sus necesidades, que el futuro traerá algo distinto, la riqueza tan prometida y anhelada por los que hacen progresar el país.
 
   -¿Y con qué va a cambiar todo, con el Mundial?--pregunta Joe Ballack con un dejo de ironía.
   -Puede ser--dice el taxista--. El problema es que el Mundial se lo quieren robar los políticos. No les basta con saquearnos a diario, no: quieren el pastel infinito, cara, las monedas, lo billetes, el baile y las mujeres. Nada les basta.
   -¿Y nadie protesta?--pregunta Ballack con alergia.
   -No--dice el taxista--. Acá solo aplauden.


   Dentro del Complexo do Alemão el colombiano se mueve como pez en el agua. Son trece favelas, pocas estaciones de policía, muchas patrullas de vigilantes corruptos y Bocas cada tres o cuatro calles. Acá manda el Comando Vermelho, un grupo de traficantes que ponen la regla, la bala y la palabra. Cruzan callejones estrechos, suben escaleras llenas de grafitti y en su camino pasan crianças corriendo en medio del juego (y del fuego que aun no suena), también pasan esporádicos drogadictos que ya están llevados o van a chaparse. Frente a una casa de fachada azul gastada, de portón oxidado y una ventana grande de madera, se para el tándem de extranjeros. Te vas a llevar una sorpresa, le dice el colombiano a Ballack, a quien la verdad nadie ni nada puede sorprenderlo a su edad. El portón se abre y el gringo reconoce lo que, desde hace muchísimo tiempo, creía perdido: Lady Franz. Sigue igual de rubia, con la piel gastada por el sol y la lluvia de una tierra donde vuela el salitre, pero igual de hermosa e impactante. Ballack y Franz se besan con la fuerza con que dos astros colapsan en el espacio. Ella sabe a banana y feijao, él a viento seco y encías con sangre. No importa. Luego entran a la casa estrecha y miserable, pero todo es una fachada; más al fondo hay un apartamento de lujos y calidad que está a la orden. Ballack no entiende nada y el llanto en sus ojos lo dice todo. O no dice nada, mejor, porque Lady Franz anda más fresca que una lechuga, relajada y sonriente. Todavía no es momento de preguntas.
   El colombiano se acomoda en un sofá largo de la sala. Lo siguen Lady Franz y Ballack cogidos de la mano como novios adolescentes. En cada roce vuelven a besarse y el pecho del gringo bombea sangre y tiembla. Por fin acompañan al colombiano alrededor de una mesa de centro que, extrañamente, está repleta de cuadernos. Ballack los reconoce de inmediato, son las diarios de su enamorada. Contienen tal vez la historia secreta más sangrienta de la década de los ochenta y los noventa. Ya sabe lo que se viene, Lady Franz le dirá que vuelvan al juego y que publique todo, se hagan millonarios y cumplan su sueño de vivir en una isla. Pero no, se equivoca el gringo con sus ínfulas de estrella de rock. Lo que le proponen es que mienta: una muerte falsa, un libro que contenga una explosión que nadie espera y la vida plena de la favela del Comando Vermelho. ¿Cómo?, dice Ballack todavía atorado de palabras. Sí, el sueño brasileño en su grandeza única: vivir en la playa, follar para reír, beber para bailar y olvidar para volver a empezar. Recuérdalo, dice Lady Franz: no podemos perder nuestra alma buscando el río en el desierto, cuando frente a nosotros siempre ha estado el mar.
   

jueves, 6 de septiembre de 2012

Macaco não é ladrão (R.R.III.)

Por Chano Castaño



   I


   El journal O Globo, que se parece a todos los periódicos grandes del planeta que pertenecen a un pulpo mediático que a su vez pertenece a una mezcla de políticos, empresarios oscuros, familias tradicionales e inversionistas insaciables, tituló así el asalto a Joe Ballack: Um journalista americano caiu num asalto. No se refirieron a la trayectoria del cronista de turno ni a qué se debía su visita a la ciudad del Cristo Redentor. Tampoco afilaron interpretaciones que dieran pie a rumores mediáticos ni a chismes que estropearan la buena imagen de un colega. Lo que sí aconteció fue que Ballack recibió dos tiros en una pierna. El ratero que se bajó de la moto no le dio chance de hablar. Abajo del taxi y pum pum, le sacaron el dinero, las tarjetas, preguntaron su contraseña y lo dejaron allí tirado. No dejaron testigo, apenas el taxista con un hoyo negro en la frente. 
   Ballack estuvo hospitalizado en la Clínica São Vicente, donde lo atendieron enfermeras afro que por el color de su piel contrastaban con su uniforme siempre branco. Allí lo fueron a visitar Ripamar y los dos brasileños compañeros de cuarto, excepto el colombiano, por quien preguntó como si estuviera interesado en su paradero por asuntos afectivos. Le dijeron que no sabían mucho de ese rapaz porque salía muy temprano y regresaba pasada la media noche, y cuando salía para fumar en el patio, si al caso cruzaba palabra con los presentes. Lo tenían por un muchacho reservado, tranquilo. Ripamar se despidió de Ballack recordándole que debía cancelar el siguiente mes o de seguro al salir del hospital encontraría sus maletas frente a la República. Ballack lo tomó de mala gana, no le pareció sensato que le advirtiera aquello en su condición de enfermo, pero también pensó que business are business y de seguro Ripamar tenía una economía apremiante que lo llevaba a cometer ese tipo de improperios. 
   Joe Ballack salió del hospital veinte días después. Su seguro canceló las cuentas y le enviaron dinero de la revista. Faltaban tres semanas para que llegara la fecha de la tercera entrega de sus crónicas. Caminando algo débil pero con pasos firmes, toma un ônibus y llega hasta Copacabana. Mientras camina por la rua Barata Ribeiro, viendo las bundas que se mueven de lado a lado por los andenes empedrados con pequeñas teslas grises y negras, recuerda que precisamente ahora está jodido por una mujer, porque confió en ella, en su promiscuidad, en que es el Brasil y aquí todas son fáciles. Que equivocado estaba. Se ganó un balazo por pensar eso.
   Pero también recuerda otra cosa. El domingo juega el Flamengo contra el Corinthians y tiene programada una entrevista con un líder de la barra brava del Fla. Los días que anteceden al partido los pasa escribiendo con hambre, y lo hace no por falta de alimentos, sino por una profunda creencia creativa: Ballack sabe que cuando tiene hambre su mal genio reverbera por su cuerpo y así mismo las palabras quedaran plasmadas en el papel; con furia, rencor, desesperación, odio del fino, del que inunda con sangre negra cuando una pizca de bondad aparece. Parrafadas y parrafadas salen de su mano escribiendo de pie como Hemingway (como él cree, en verdad, que escribía Hemingway), y el día del encuentro de futebol Ballack está preparado para mezclarse con el lumpen carioca de la torcida del Flamengo. Compra una camiseta--ya suma dos con esta y la del Vasco--, y se va rumbo al estadio. 




II


   Estadio Gávea. Por el costado oriental van los juveniles y violentos que cantan desde que hacen la fila. Toda la turma con camiseta de rayas negras y negras. Huele a macoña barata y a cerveza regada en pavimento caliente. ¿Tá quente?, le pregunta un aficionado a Ballack cuando lo ve mirar una mujer con ojos perversos. El gringo muda su posición hasta que encuentra a Benjamín Cunha, su entrevistado. Es un cara preto con bermuda blanca hasta abajo de la rodilla, camiseta oficial del equipo, gorra oficial, cadena gruesa y dorada hasta el centro del pecho, reloj dorado también pero ordinario, muñecas gruesas y manos grandes capaces de estrangular lo que sea y una sonrisa afable, que parece venir de su corazón inmenso, porque a todo el que llega le da un sorriso de la misma forma y una palmada en la espalda. Benjamín le dice a los que están a su alrededor, una especie de ministros de la torcida, que ese gringo los hará famosos por el mundo, que ahora la hinchada del Flu será reconocida por el planeta, empezando por Europa, a la que le deben empezar a temblar las piernas, porque muy pronto el Flamengo será el mejor equipo del planeta, dejando atrás los oncenos increíbles de España e Inglaterra, de Italia y Alemania, todo eso será pasado, será ceniza. Exactamente esas fueron las palabras de Benjamín que Ballack entendió muy bien.
   La torcida se ubica a lo largo de las gradas orientales del estadio Gávea. Cantan y cantan y fuman y fuman y la cerveza va de mano en mano como si fuera acicate del ánimo. Joe Ballack empieza su entrevista, prende la grabadora de su celular y comienza la charla con Benjamín. En verdad el cronista solo tuvo que hacer una pregunta porque el Cuna, como le dicen los súbditos de la barra, rodó como una caneca y no paró de hablar:

   "Yo soy carioca da gema, cara, y siempre he vivido en Rio de Janeiro porque esta es la ciudad paraíso. Ahora el mundo lo está reconociendo y están viniendo para acá; quieren hacer la Copa del Mundo, los Juegos Olímpicos, los encuentros de todas las naciones, cara, es algo que pasa y nadie puede detener. Pero quiero hablarte una cosa, caro Joe: es una mentira la paz de Rio. Aquí donde ves, esta gente que me rodea y me acompaña, son mis parceiros, cara, los que nunca me han dejado solo. Si estuviera solo, ya andarían bajo tierra. Y es que este equipo y esta ciudad son mi vida. Si me fuera para tu casa, para los Estados Unidos, de seguro me gustaría conocer al Exterminador, tirarme de una montaña rusa y gastar dinero con prostitutas en Las Vegas, cara, ¿a quíen no?, pero luego estoy seguro que una saudade por Rio de Janeiro me mataría, me traería de tu infierno al mio devuelta, así de fácil. Igual, no es por nada, cara, pero en tu país la gente se mata tanto como acá. Tu ves a estos torcedores ahora felices y gritando, pero de seguro muchos próximamente, en estos días, en esta semana, tendrán que hacer algo malo, lo mismo que pasa en tu país cuando un jovenzuelo enloquece y dispara contra todos, la diferencia está en que yo mato porque es necesario, es parte de un trabajo, mientras que en tu país matan porque están locos, cara, ¡están locos!" 
   

    Joe Ballack recibe una cerveza de un tipo magro que está a su lado. Cuando le pasa la bebida, el cronista percibe la puñaleta debajo de la manga del buzo. Siente un corrientazo pero se calma cuando Benjamín Cunho le da una palmada y sigue hablando sin parar. 


   "Yo me convertí en el líder de la torcida del Flamengo a sangre y fuego, cara, como se ganan muchas de las grandes cosas en este mundo. Un día me levanté y mi madré me dijo, tu padre murió a balazos. Pum, primer dolor en el pecho. Otro día me levanté, más triste, y mi hermano me dijo,  cara, mataron a nuestra madre. Pum, dolor definitivo en el pecho. Ese dolor todavía lo evoco cuando más malo me siento, cuando más odio necesito para matar. Después de quedar huérfano a los doce años me puse a colaborar con el trabajo de mi hermano mayor. Consistía en poner la macoña en la máquina prensadora. Era muy fácil, lo único malo fue que me volví adicto muy temprano y no quise volver a la escuela, me daba preguiça y además olvidaba todo. Me crié en la calle, aprendí lo que era necesario; manejar armas, dirigir carros, manejar motos y callar al que hablara mucho. Primero me gané el respeto de la gente de la cuadra porque purificaba la cocaína con un proceso barato y que daba mejores resultados. Luego me gane el respeto del combo de la localidad porque asesiné a su jefe y fui capaz de neutralizar, con dinero, mucho dinero, la venganza que buscaba cobrar su gente. Luego me gané el respeto de toda la favela y de la torcida del Flamengo porque comencé a trabajar con personas que no eran de allí pero tenían mucho poder: políticos, empresarios, negociantes de prestigio, en fin." 


   Ballack mama cerveza con el pecho tenso. El reguero de confesiones brutales que Benjamín Cunho le hace no permite que respire tranquilo. Tampoco la puñaleta en la manga del tipo que está a su lado. De un momento a otro, por lor parlantes del estadio se oye el anuncio del onceno Flamengo. La hinchada enloquece como unos macacos enardecidos a los que palearan la furia con sangre y bananas. Los cánticos se aceleran y se enfurecen y cuando el equipo sale, sin previo aviso, todos se empujan contra la grada de abajo, tirando a Joe Ballack muy lejos, apenas salvado por la mano gruesa de Benjamín que ya lo tenía todo calculado. Un tipo audaz, Bejamín. 



   "Caro gringo, tienes que tener cuidado, si te caes más abajo y yo no estoy ahí, de seguro te roban. Bueno, pero lo que te contaba. Después de levantarme como rufián, como ladrón, como sicario y traficante, empecé a generar flujos de dinero entre la favela, la torcida y personas con poder. Eso generó, automáticamente, un blindaje sobre mis acciones. La policía no me molesta, tengo triple identidad, dos pasaportes por si tengo que huir algún día, mi familia está protegida en otra ciudad con otras identidades, todos me temen y nadie querría asesinarme porque, cara, en el fondo soy un tipo de buen corazón."


   Dicho esto, Ballack apaga la grabadora. El partido empezará en contados minutos. El tipo que está a su lado mira de reojo en ciertas ocasiones a Benjamín. Lo mira con odio, con resentimiento, y Ballack piensa que así deben ser los ojos de Benjamín cuando recuerda la muerte de su madre y mata a todo el que se atraviese. El réferi da el pitazo inicial pero lo que empieza es la muerte del jefe de la torcida. El tipo junto a Ballack, en un movimiento seco y veloz, entierra su puñaleta en el corazón del Cuna y el cacique de la turma cae entre sus seguidores de frente. Ballack intenta ayudarlo pero en su desespero se da cuenta que nadie está con él. Una conspiración. Una traición de frente. El tipo de la puñaleta limpia su arma con la camiseta del Flamengo, se acomoda donde estaba Benjamín y mira a Ballack lleno de odio para decirle unas últimas palabras:

   -Perdete, cara, si no quieres terminar igual que este filho da puta. 


   

   


   



domingo, 2 de septiembre de 2012

La República de Ripamar II

Por Chano Castaño 



 
I

   El cronista americano tiene la rutina de los soldados que viven acorralados entre catres de acero y carnes enlatadas. Antes de que salga el sol prepara un batido de frutas y sale a correr cuatro kilómetros. Regresa y prepara unos huevos con salchicha y café negro. Luego sale a las ruas para conseguir entrevistas, observar la realidad del infierno que el Cristo Redentor mira desde su montaña y almuerza donde la fome ataque. Durante varios días como un estóico ha resistido la dieta de frijoles, carne y batata frita. Cuando escribe lo hace como Hemingway, de pie, con la diferencia de que coloca el portátil en la cama de arriba del camarote y descansa sus codos en el borde del colchón. Teclea con velocidad, farfulla para sus adentro y aclara todo en el texto. En las noches mastica frutas secas y bebe un té de limón que lo deja con los ojos saltones y el pulso tembloroso. 
   Su primera crónica sobre los torcedores de Rio de Janeiro es un éxito en Estados Unidos. Todas las revistas se venden y se revenden. Su estilo es realista, ceñido a los hechos más triviales y trascendentales que zurce con adjetivos que perforan la mente del lector. Es una balacera literaria. Por un momento los editores de World, War and Web, creen que Joe Ballack regresó a sus grandes crónicas rojas de siempre, las mismas que lo hicieron famoso cuando relató los crímenes de las legiones del desierto en el Golfo Pérsico o cuando se infiltró entre las mafias sicilianas para relatar la forma en que vivían esos clanes entre mujeres, vinos y cocina mediterránea. Pero no todo es color de rosas. La segunda entrega es un fracaso, apenas le llega en calidad e información a los títulos de la primera entrega y deja mucho que desear. 
   El origen de tal pérdida de rumbo se debe a que Joe Ballack, con olfato de can para las conspiraciones en su contra, cree que lo van a matar. No confía en ninguno de los que están a su alrededor. Sobretodo no confía en el colombiano que duerme en el otro camarote y siempre lo mira de manera cortante. No se ha atrevido a preguntarle por qué tiene su nombre escrito en la agenda de apuntes en la que siempre está escribiendo cosas. Tampoco ha tenido oportunidad de ojearla a escondidas de su dueño. En el fondo cree que es una venganza. Es un periodista internacional que ha develado los nexos entre diferentes grupos de mafias en el mundo, muchos querrían cerrarle el pico de un solo balazo. Pero también ya es una leyenda, una amenaza que en pocos años andará de bastón, un viejo con ínfulas de aventurero que ha esquivado la muerte por pura suerte. Tal vez en esta ocasión, como lo presiente, los dados no estén de su parte. 



II


   Un baile funky en la Maré. Favela de reconocida violencia entre los combos de traficantes que se paran de segunda-feria a domingo en las Bocas, esperando al macoñero ocasional que llegue a descongestionar la semana con un bareto o al fumador de crack que ya no tiene alma. Joe Ballack, camuflado con una camiseta del Vasco de Gama y unas gafas negras, acompañado de Leonardo Silva  y una mujer afro de cuerpo delgado y bunda astral, camina entre la Maré con rumbo a un cumpleaños. Entre el comercio casual de bicicarros llenos de ropa china, accesorios para el hogar y cargadores para celular, corren las crianças gritando y persiguiendo a monstruos imaginarios; los viejos, con la piel curtida del sol, y los hombres y las mujeres que andan por ahí en chinelo y camiseta, beben cerveza en vasos pequeños y la botella permanece en el centro de la mesa, metida en un frasco de icopor que no la deja calentar. Entre todo el barullo y las fachadas de los edificios apretados de la favela, Joe Ballack percibe el movimiento de las drogas. Se mueven siempre en motos, el parrillero lleva un periódico doblado y adentro va la mercancia. Ya conocen a los clientes, casi todos son jóvenes, y cuando se arriman a la motocicleta, el piloto, por precaución, se lleva la mano al cinto para apretar su nueve milímetros. El dinero se cambia por el periódico y nada pasa, nada se fala, todo es normal. 
   Leonardo es un sociólogo brasileño que Joe conoció en Estados Unidos y que es su único contacto acá en Rio de Janeiro. En la casa de la prima de Leonardo, la que está de cumpleaños, Ballack conoce a otro primos de la familia: Suko, Juizinho y Andressa. Variopintos, ilegales, decididos. No son traficantes ni macoñeros pero saben como se mueve la favela. La carne se reparte a ritmo de samba y las bandejas pasan a ritmo desaforado. Engullen linguiça, frango, carne y pasan todo con cerveza helada y cigarrillos Free de filtro rojo. Joe percibe una decidida ideología brasileña que se desata de norte a sur: acá es bienvenido todo, lo bueno, lo malo, lo regular, lo que no se conoce, lo que llega sin saber de dónde. El brasileño abraza aunque desconfíe y cree tener siempre el sartén por el mango, por eso habla y habla y habla y arriesga en sus palabras, y al final retrocede hasta donde su hospitalidad se lo permite. Ballack no está cansado y cuenta historias de sus trabajos en otras ciudades del mundo, la gente lo escucha como si fuera un recetario de experiencias que curara la fatiga de esta selva de cemento, aunque en verdad, muy en el fondo, cada uno de esos jóvenes brasileños que lo rodea solo cree la mitad de sus narraciones. El resto les parece carreta de gringo bonachón, aventuras de Indiana Jones y con un perfil tan Hollywood que es imposible no ser suspicaz con ellas. No hay que olvidar que nunca sueltan el mango del sartén. 
   Una imagen de ensueño silencia a Ballack. Sobre los techos de tejas plateadas oxidadas, entre terraços de ladrillos descolchados y cemento mal fijado, cientos de cometas salen a volar y los niños gritan y silban porque la favela Maré se llena de figurines coloridos. Esos mismos niños las elevan, cada uno desde su casa o desde una ventana, y Ballack al tanteo cuenta unas ochenta hasta donde le dan los ojos. Es un espectáculo que lo deja anonadado. Mientras las cometan dan volteretas, retroceden, caen a pique y vuelven a tomar vuelo, también se oyen disparos al aire. Juizinho, el cara primo de Leonardo, le cuenta que no son tiros para matar a otros sino de celebración. Son signos que indican que el ambiente está tranquilo en la Maré. Muchos tiros son una guerra. Uno o dos en un atardecer soleado y lleno de cometas, son la paz. 




III


   El baile funky empieza después de las ocho de la noche. Mucha caipirinha, tequila amarillo barato, vodka rendido con sodas en vasos de plástico, personajes de diversa índole que no le dan desconfianza a Ballack aunque parezcan sacados de un video de Snoop Dog, y muchas mujeres tatuadas, con calaveras en los brazos, con tribales retorcidos en las piernas, con pájaros y delfines en los tobillos y en los hombros, con frases y nombres en las costas de la espalda; tatuajes de colores, en negro, caseros, profesionales, de estilos noventeros y hardcore. Ballack enseña el suyo de marinero americano, un águila en el brazo derecho con la bandera de los Estados Unidos en el pico, con los ojos negros llenos de furia y las grandes alas abiertas que vuelan hacia la libertad. Explica la historia cuantas veces se la piden. Sus pies ya están más perdidos después de hacer el cambio de la Antartica a la Ypióca y quiere bailar. 
   Una morena que tiene tatuado un Belcebú en el cuello lo lleva al centro de la pista. El gringo es el centro de atracción. Entre el pum, pi pum pi pú del funky carioca, mezclan a los clásicos del rock: los Rolling Stones, Nirvana, AC/DC y en la olla de beat y estruendos cabe hasta Queen. Princes of the Universe cantado por un negrinho y Joe Ballack se despliega junto a la morena como un carioca da gema, desliza la cadera de abajo hacia arriba y abraza por detrás a esa mujer que lo tiene loco. Es una interesada, él lo sabe, similar a las vagabundas de la Habana que te lo dan para que las saques de allí, o a las asiáticas cansadas del régimen que no deja abrir los ojos. Aunque esta diabla tiene algo distinto, un estallido contenido entre las piernas, un temblor que si explota te revienta hasta los huesos. 
   Se van para un hotel. Toda la noche se quieren besar y chupar. Ella para él es un sorbete de dólares, él para ella es un riesgo que vale la pena y el asco. Suben a un taxi en el borde de la favela Maré, en la paralela de la Avenida Brasil que a las tres de la mañana todavía es atravesada por las pequeñas vans que gritan en voz de megáfono: Bomsucceso, Castelo, Copacabana¡¡ El taxi va rápido y se pasa carros en la autopista principal de Rio. Ballack y la morena se besan y se tocan y él ya no aguanta mucho, tiene un abismo en el ombligo y un calambre entre las piernas. Entran por los lados del Sambódromo y cruzan otro morro que no lo parece tanto, y entonces la moto los cierra. Se baja un flaco de camiseta sisa y bermudas, de brazos torneados pero flaco, les apunta con una Uzi y cuando Ballack reacciona la morena también lo encañona. En el radio del taxi suena Seu Jorge: vejo tanta diferente esperando pra a festa començar...