miércoles, 23 de mayo de 2012

¿No importa el nombre?



Por Chano Castaño 

   
   Nacemos para ser nombrados. Confabulan en el primer instante de nuestra vida dos y más palabras para legarnos una herencia simbólica que la mayoría de las veces corresponde a un retazo de memoria. Un retazo mal habido, construido por lo que espoliamos y no decimos, zurcido con pelambres delicados que pueden perderse fácil. Un nombre es como nos llamen en un lugar. Apodo. Mote. Remoquete. Alias. Apelativo. Cualquiera es un nombre. 
Uno puede no tener cédula en esta Tierra. Poseerla es un pacto con el sistema que nos organiza en sus cifras y nos mueve de un lado a otro como seres digitales. Es más aterrador saber que alguien no tiene nombre. Casi siempre ese comentario sonaría como un chiste pero no lo es. Nunca hemos conocido alguien que no tenga un nombre. No existe. 
Ese es un pacto diferente, uno con la lengua que está inmersa en nuestra vida a través de palabras de las cuales la vida no puede escapar, como un nombre (o un insulto). En la memoria de los pueblos, en los nombres que poseen las mujeres, los niños y los ancianos está un legado de representaciones que los explica y los cuenta. Esos relatos ocultos tras muchos nombres, apellidos y apodos también desaparecen en las tinieblas que ocultan lo superficial. En un país como Colombia donde la memoria es irascible y recuerda solo el rencor y la agonía, dejando muchas veces al lado la poético y fascinante de los pueblos, es bueno que se volcara esa mirada sobre aquellos aspectos, los que demuestran porque las familias, las minorías y otros grupos se nombran como se llaman y se dicen como se sienten. 
Poseer un nombre es tener una raíz que nos ata a un lugar más lejano que el propio. Somos una civilización que se reconoce en la palabra, que entrega poder en la palabra y se representa y explica constantemente en ella. Llámese como se llame, querido lector, sepa que su nombre es propiedad del tiempo pasado que se abisma a su espalda. Su nombre no es suyo ni del que lo tenga en cualquier momento. Su nombre es lo que precisamente usted desconoce de cómo se llama. 
Latina, germánica, oriental, hindú. Todo nombre es una historia y todas las civilizaciones lo saben. No sabemos si lo primero que nombramos fuimos nosotros mismos. Tal vez ya no valga la pena saber si fue así. Nuestras fuerzas hace mucho tiempo se desgastan en perseguir la historia de nombres, la fama de nombres, la locura de nombres, la sabiduría de nombres. Nombres de hombres. Nombres de fundadores, de pioneras, de artistas, de presidentes, de cantantes, de escritoras, de vecinos. Nadie sabe para quién trabaja con ese nombre. Sobretodo si todo el mundo lo tiene. Andrés trae tres. Pero el cuarto es el más misterioso: el que no se llama Andrés. Se llama…

martes, 22 de mayo de 2012

Voz y sombra





Por Chano Castaño 
   Una voz adentro de mi mente—por ahora la llamo voz, una palabra que tiene muchos sentidos, pero que en este caso usaré para referirme a las palabras de un extraño dentro de mí. 
   Esa voz juzga, lee, se sulfura, ama y odia, pide acciones, piensa inquietudes y necesita de la energía que extrañas fuerzas le puedan dar para convertirse en otra voz que sigue siendo la misma, tal vez con el asentamiento que le deja el tiempo que la ve sonar y callar. 
   A esa voz, a la primera que habla, nunca le creo. En muchas ocasiones la mezquindad la reina, en otras parece ingenuidad, pasividad o ignorancia. No sé si sea mi caso particular, pero creo que la primera voz que siempre escucho es la más falta de curiosidad y contundencia. 
   Luego vienen otras voces, una segunda que puede entregarnos lo que vamos a decir hablando, y hasta una tercera que puede ser la que buscábamos, pero que llega demasiado tarde. Todas esas manifestaciones de la mente, las voces en que nos personalizamos, son un libro desordenado que no espera escribirse, sino que para siempre estar escrito debe todos los días hallarse en quien lo vive y buscar respuestas a lo que viene. Como en toda novela larga, los datos de la memoria surcan dando pesos y levedad al relato cotidiano que tenemos enfrente. Capítulos de costumbres, de fracasos, de reflexiones únicas, de momentos inefables. Capítulos que no sirven para nada. Capítulos que olvidamos, que enterramos sin querer. Ese libro que somos y que sentimos en los momentos más profundos a los que llegamos en este paso en la Tierra, se construye de voces que nos llegan por palabras, así como también explotan al escuchar una música, al ver una imagen, al sentir un lugar, al perderse en él. 
Somos un diseño biológico perfecto, pero el programa que tiene nuestro cerebro, la idea de conciencia, como todo programa y creación del hombre, tiene sus errores. La autoconciencia es quien mueve el motor siempre, el yo, un motor que impulsa el programa, una base de datos que recarga emociones, memorias, fugas, expanciones, pero que tiene lados oscuros, instancias a las que no tenemos acceso.  El inconciente no es como tal un fantasma, sino el recipiente donde se cocinan los mismos. Sin saberlo, muchas de nuestras angustias se vuelven relatos insospechados en la mente, sobretodo tal vez en ese lugar que no vemos, en esas calles de nosotros mismos que no conocemos. 
Ahí se dan otros relatos que funcionan con otra lógica, con otros lenguajes, con otras distorsiones. Las voces con que formamos nuestra conciencia, ese murmullo voraz y musical, trata de no vivir acechado por esa sombra, pero no se da cuenta que tal vez allí tiene sus raíces más reveladoras. 

jueves, 26 de abril de 2012

La red y su ola de escritores indie




    Por Chano Castaño

   Diez personas se deciden a escribir. Tres saben desde un principio quién es el editor, dos creen que es  un agente literario, cuatro saben que tiene que ver con los libros y uno, que escribe en el celular, lo ignora del todo. Y es que el editor es una figura temible para los ermitaños que huyen con su obra y para los abnegados de la industria cultural; un misterioso lector-corrector que anda, muchas veces, durmiendo tras el escritorio, esperando las palabras frescas que alguien ha de traer; o simplemente, el editor es necesario porque sabe culminar las obras literarias de los escritores, un guía de talentos resuelto frente a los laberintos de palabras. Aunque, en la era de la literatura digital, el escritor hace maravillas a través de aplicaciones que están cambiando la industria editorial.
  Una de esas maravillas es que es el escritor se vuelva editor y agente literario de su propia producción, que no necesite de un grupo de figuras a su alrededor para que le determinen la distribución, la agenda de medios, la impresión y la venta por internet de sus libros. Un escritor independiente que promocione su obra y la haga conocer, aprende a reconocer espacios de comercialización y muestra, intuye los lugares donde es bien recibido el libro, asiste a los eventos en que puede presentarse y hablar de su obra, y no escatima recursos mediáticos para llevar su trabajo al público.
   El público de ahora termina leyendo más escritores nuevos por la red que por medios impresos. Hay blogs, foros, chats, artículos, noticias, correos electrónicos, una amplia gama de formatos para contactar al otro o para enseñarle algo. Todos conocemos de sobra los diferentes caricaturistas, periodistas, escritores y artistas que opinan en Twitter y generan polémica en Facebook, los que ponen a veces picantes frases, idioteces del tamaño de una pulga, chistes flojos del acontecer nacional y recomendaciones varias en las que se ganan ideas o se pierde el tiempo. Ese tipo de participaciones en red de los escritores llaman la atención de potenciales lectores, quienes se acercan o se alejan de los libros. Es la era en que ideas tan cortas llegan tan rápido a un sinnúmero de lectores. Llueven piedras y rosas. Los resultados están en los números, en las tendencias más seguidas y en que ese termitero de lectores frente a las pantallas haga clic sobre tu libro, ya sea para echarle una ojeada o tirarlo en el carrito.
   Hay dos aplicaciones virtuales que permiten que los escritores que quieren ser sus propios editores y distribuidores lo puedan llevar a cabo. Se trata de www.blurb.com y www.lulu.com. Entre las dos hay diferencias, depende lo que se busque, pero su objetivo, el de ayudar a las personas a realizar su libro, sea de lo que sea, se cumple a cabalidad. En las dos se puede montar una portada propia, crear un libro de prueba, editar los textos y las imágenes, elegir una medida del libro, un tipo de papel y de portada, en fin, todo lo que se pueda modificar en pos de que el usuario pueda personalizar su libro y finalizarlo perfecto.
   En www.blurb.com el usuario tendrá que descargar una aplicación o realizar todo el trámite del documento desde la página luego de registrarse en el sistema. La aplicación es muy sencilla de manejar, simplemente hay que arrastrar los textos o las fotografías que se quieran colocar en el libro, así como las ilustraciones o imágenes que vayan en la portada y contraportada. La diagramación se realiza en parte por el programa y en parte por el usuario, aunque ahorra trabajo básico, a la hora de acomodar de manera compleja los elementos puede traer desventajas. En www.blurb.com ofrecen un sistema de distribución y el servicio de una tienda en la que se pueden hacer pedidos impresos y digitales. En la tienda hay variedad de literatura: poesía, cuentos, novelas, de todo en varios idiomas, y los precios son asequibles. Es una herramienta útil para crear un libro digital. No es recomendado para aquellos que busquen una buena producción impresa.
   En la otra aplicación virtual, www.lulu.com, la cosa es a otro precio. Están todas las ventajas y una oferta rica en distribuidores, tiendas virtuales y credenciales comerciales hacen que sea el mejor de la red. Hay que registrarse y crear una cuenta, luego hay que subir el archivo desde el computador ya finalizado. Esto es algo importante que diferencia a www.lulu.com de www.blurb.com, que es necesario terminar de la mejor manera el contenido que coloquemos en el libro, pues no habrá forma de corregirlo en la plataforma o cuando ya esté asignado, por eso hay que mirar fuentes, tamaños, introducciones, todo lo que sea necesario para la presentación de nuestra obra. Podemos también subir más de un archivo y elegir cual es el definido para entrar al proceso de finalización, en el que se escoge un tamaño del libro, el tipo de pasta. La página asigna un código de barras y un ISBN que identificará a la obra en internet, también enviará una copia impresa del libro gratuita a casa (solo es necesario pagar el envío), con el fin de que el autor observe el producto final y haga las correcciones necesarias. El usuario se pone en contacto con la página, diciendo que ya tiene la muestra gratis en sus manos, empieza el proceso de corrección final en el que el usuario monta de nuevo el libro con las correcciones y los cambios hechos a la prueba impresa, y se culmina el proceso dejando a su paso una experiencia de edición independiente, distinta a la tan conocida en el negocio editorial.
   De igual forma la red también propone distintos caminos para los escritores que quieran estar conectados y no dejar de escribir. Porque en muchos casos los escritores de computador tienen un blog (público o secreto, da lo mismo), un Twitter o un documento de Word abierto en el que van apuntando todo. Alguien podría hacer la tarea de poner género a todos esos escritos o notas que hay en los ficheros de los escritores, y vería que de su combinación podría brotar una novela excelente, cuentos de variados tonos y poemarios hasta la saturación. Por eso se inventaron el Mes Nacional del Escritor de Novela, o en inglés National Novel Writing Month (http://www.nanowrimo.org), un evento en la red que empieza este primero de noviembre de 2011 y que pone a prueba la pericia de los escritores, pues hay que hacer en 31 días una novela de 50.000 palabras.
   Hay gente que ya empieza a hacer la cuenta y se come las uñas. En promedio hay que escribir 1613 palabras por día—los primeros frustrados serán aquellos a los que el tapón de la inspiración se les abre los domingos en pleno guayabo, o los que tienen que escribir a mano y luego pasar todo al computador; aunque ni pensar en los que encuentran la inspiración una vez al mes o en los que durarán inventándose un personaje dos semanas, escribiendo el primer capítulo otra y saliendo del segundo la última. Ah, valga la pena decirlo, esta es una competencia que no tiene un ganador como tal, tiene muchos, por eso se puede escribir en cualquier idioma (menos mandarín y árabe), la gracia es intentar ser un escritor y todos los días pensar en la historia que tenemos entre mente y alma, en la trama o la tira de relatos que nos tienen laberíntico el sentir. El Mes Nacional del Escritor de Novela es una oportunidad que nos da la red de compartir nuestra creatividad, nuestros ritmos de escritura, las técnicas, las anécdotas y que abre la puerta a una comunidad mundial de escritores de todo tipo que quieren dar a conocer su obra.
   Lo importante de mirar todas estas oportunidades y herramientas de trabajo es la metamorfosis que la literatura empieza a vivir desde varios aspectos. La primera de ellas es la manera en que se está leyendo, pues las letras se trasladaron a las pantallas y pueden alcanzar a decir más que antes y llevar a rincones inhóspitos del conocimiento. La segunda, que la comercialización se descentraliza de las editoriales y las librerías gigantes para entregarse de rodillas al lector y al escritor; la tercera son las extrapolaciones y mestizajes que tiene el lenguaje cuando entra en la dimensión virtual, y todas las posibilidades que ello implica; y cuatro, la manera en que interactuamos con el libro: con la era de las pantallas nuestras manos dejarán de sostener el libro para entrar a construir en él.


martes, 24 de abril de 2012

Feria del Libro de Bogotá 2012 (I)

Por Chano Castaño

   Corferias sigue siendo un lugar bueno para estos eventos magnánimos que acercan a las personas a los libros. La pregunta es: ¿se acercan, en verdad, las personas a los libros? O tal vez acomodando la cuestión de otra manera se puedan vislumbrar otros matices: ¿puede la gente, en verdad, acercarse a la cultura? ¿Sobretodo a la cultura de la lectura y todos sus contenidos educativos, artísticos e informativos?
   Por más que quisiéramos escuchar un Sí a esta fatigada interrogación que aparece cuando hablamos de temas culturales, es un No el que siempre obtenemos. No,, malditasea. NO.
   Primero el problema de siempre: el precio de los libros. No niego que encontré libros de Anagrama, Planeta, Mondadori y otras casas editoriales a precios accesibles. Muchas editoriales independientes también sacaron libros muy baratos, libros a los que muchos se acercaron por su precio y calidad. Lo digo porque lo vi. Pero también percibí el alto precio de los libros académicos o de temas que interesan a investigadores, docentes, estudiantes y público en general. Tal vez esos altos precios estén justificados en un local comercial que abre todo el año. pero esto es una feria, tal vez la única en el mundo que deja baratísima la literatura infantil y pone carísimas las novelas, los cuentos y la filosofía. Se supone que estos eventos son el momento de sacar los libros muy baratos para que la gente se los lleve por montones. Pero sucede todo lo contrario: para salir con más de 10 libros buenos debajo del brazo hay que irse con 300.000 $. Y eso, sacando las cuentas al aire. Porque entre las promociones exhiben demasiados gofios que, por más baratos que los pongan, nadie los lleva.
   Vi también muchos libros que hablan sobre el futuro del libro, sobre lo que pasará con el futuro de la industria editorial, sobre los grandes acontecimientos que trae el porvenir, etc...Pero vi muy pocos lugares con libros electrónicos exclusivos para teléfonos inteligentes o tabletas o lectores electrónicos. Si los hay, que los debe haber, son muy pocos. El libro electrónico luce como un tema todavía del libro impreso, no como una realidad que ya está inmersa en el mundo de los lectores, de las empresas editoriales, de los individuos que hacen el trabajo limpio y sucio para que la gente publique y los lectores disfruten. Hubiera querido ver más propuestas novedosas en vez de tanto pendón e impulsador tratando de vender libros. ¿Por qué tan pocos ofrecen contenido digital? ¿Por qué nadie vende contenidos impresos y da ñapa con contenidos digitales? ¿Por qué nadie ofrece contenidos digitales que se paguen en efectivo? Hay tantas preguntas como respuestas, pero el "futuro" del libro se rajó otra vez en esta feria. Además: no digan que la mayor innovación fue la pantalla-libro del Politécnico. Una farsa. Geeks sensacionalistas, lo que nos faltaba.
   Claro que no niego que encontré buenas promociones. Encontré también escritores colombianos como Fernando Soto Aparicio firmando autógrafos en un local donde, en ediciones de buen papel pero de pésima portada--una foto del escritor en blanco y negro, como si él fuera el cuento de todos los libros--, se dedicaron a despachar clásicos como Palabra de Fuego y La rebelión de las Ratas. Vi muchos jóvenes comprando libros allí. Es una buena señal.





   También me gustó mucho el pabellón infantil. Todo un pabellón para que los más pequeños exploren los libros, los huelas, los toquen, jueguen alrededor de ellos, los usen como parte de sus juegos, los tiren, los doblen, los pisen, los lean. Como siempre la capacidad de competencia se nota bastante: hay locales como el de Planeta que son un parque de atracciones, mientras que hay uno que otro rezagado en un rincón, sin ni un pendón impreso, apenas con dos o tres vitrinas donde exhibe juegos, cubos de colores para armar y papelería básica decorada con cursilerías.
   No sé si llegué demasiado tarde, pero aunque el pabellón de Brasil es muy bonito--sobretodo por la exposición de fotografía documental: cuenta mucho, no exagera, no es amarillista y da una idea colorida, nutrida y culta del Brasil--, no pude encontrar algo de lo que venía buscando. Quiero una antología de cuento brasileño actualizada, que traiga autores jóvenes y adultos, que no tenga más de 8 años de realizada. Y no la encontré. Vi poesía en antología, crónicas, ensayos, fotografías. De todo menos cuentos. Ah, y novelas (romances, como les llaman allá). Al parecer los voraces aprendices de portugués de la ciudad, junto a los brasileños que viven en Bogotá, más todos los curiosos, aficionados y simpatizantes del idioma de Pelé, se llevaron lo mejor los primeros días. Yo no creo en tanta belleza, pero sí en una selección buena de los libros que trajeron. Personalmente encontré 4 o 5 textos que me hubiera llevado si tuviera más dinero. Igual, habían mucho económicos. Por ejemplo una historia del Brasil contada de manera periodística, de buena edición y contenido nutrido y organizado, tenía un costo de 58.000 $. También había libros producto de investigaciones magistrales y doctorales que no subían de los 35.000 $, pero que sí entregaban a manos llenas información de primera mano sobre estudios sociológicos y antropológicos, análisis lingüísticos, semiológicos y literarios del Brasil. Fascinante además que tengan una biblioteca donde uno puede sentarse a ojear libros. Tal vez la única entre tantos locales que hay por toda la feria.
 

domingo, 22 de abril de 2012

Un comic para la literatura


Por Chano Castaño

   Hoy vino a la casa mi sobrino con su mamá--que no es mi hermana--y me contó que iba para la Feria del Libro. Le pregunté si gustaba de leer y me dijo que no, que él prefería jugar con su X-Box que leer la Divina Comedia, libro que tendría que comprar en esa feria en una edición especial que le habían pedido en el colegio, y que tendría que leer antes de que terminara el año. Mi sobrino tiene 12 años. 12 años en los cuales uno piensa más en patear balones, descifrar ese monstruo impresionante de la consola o hablar sobre trivialidades con los amigos de la cuadra o del salón. ¿A quién se le ocurre pensar que un niño de 12 años va a entender la magnitud de la Divina Comedia?, ¿A quién se le pasa por la cabeza que tales abismos, que tan profundas búsquedas literarias las vaya a comprender--o las quiera comprender--un niño que apenas está abriendo los ojos a la adolescencia? 
   Es el colmo que estos docentes no se den cuenta que son asesinos de lectores. Muchachos que ya no ven la literatura como un reposo del espíritu o un oasis de aventuras, sino como el centro de un aburrimiento aquietado y lleno de palabras desconocidas, aventuras espesas y enredos. Esa idea le queda a la mayoría de los que tuvieron que enfrentarse a un Quijote a los 14, a una Rayuela a los 13, a un William Faulkner a los 15. 
   Yo no niego que la literatura sea un aprendizaje que entrega muchas ideas y conocimientos en la edad juvenil de la vida. Pero pienso--como vienen diciendo muchos desde hace muchos años--que los programas de lectura en la mayoría de los colegios están atados a una tradición pedagógica que tiene tintes históricos, tradicionales y académicos. Leemos Siervo sin tierra a una edad en que ni siquiera nos explican bien los problemas de Colombia. Nos ponen al frente El otoño del patriarca, cuando apenas estamos vislumbrando lo que fue la historia de las dictaduras en el continente. Nos obligan a leer clásicos griegos que para muchos son aburridos, la prueba irrefutable de por qué no hay que acercarse a la literatura. Estos programas de lectura son diseñados por docentes que poco entienden--o se hacen los que no entienden, no lo sé--la realidad de esos jóvenes a los que enseñan y hablan sobre el mundo. Todos los que leemos con pasión y curiosidad, sabemos que los primeros libros que nos llamaron la atención estaban ligados a lo que vivimos en la infancia o la adolescencia. Recuerdo muy bien que a la edad de los 11, 12 años, seguía de cerca la seria de títulos llamada Escalofríos, escrita por R.L. Stine, un gringo bonachón al que yo imaginaba como líder de una secta, un asesino de gatos que escribía libros para atemorizar a medio mundo. También en ese tiempo leí muchos libros de Torre Amarilla y de Torre Azul, de los cuales recuerdo con cariño a Franz y a Soloman.  Un par de años después, sería El Atravesado de Andrés Caicedo y Pelea en el parque de Evelio Rosero Diago los libros que conmoverían mi alma violenta y altanera de la adolescencia. De ahí en adelante las historias fueron tornándose más complejas, pero el gusto por la lectura ya estaba ganado. 
   Me parece que también el problema se encuentra en esa transición de historias inocentes y predecibles, a grandes relatos que se abren por múltiples partes y muestran diferentes caras y matices del universo. En la primaria, los cuentos infantiles son básicos, cuentos que llenen de alegría a los niños pero que no los crean unos enanos sin cerebro. Al contrario, toda lectura que reta, que provoca, que identifica la vida del niño que lee con las aventuras de su protagonista, es una lectura fecunda que hace lectores. Cuando los niños ya están al borde del bachillerato, en quinto, en vez de entregarles libros más espesos que lucen interminables, habría que enseñarles la cultura del comic. Porque precisamente el comic tiene la fuerza gráfica que la literatura infantil no posee y trae consigo una gama extensa de personajes que pueden satisfacer al más variado público. Además, desde los comics se puede hablar de historia, de religión, de política, de geografía, de poesía, de filosofía. Las novelas gráficas y las tiras seriadas son grandes instrumentos a la hora de llevar al niño a la literatura madura. Son el espacio perfecto que hace la transición más fácil entre los libros livianos y las novelas densas. Así mismo, el comic enseña a relacionar las palabras con las imágenes, convirtiendo la mente en una máquina de recreación continua que ensueña con facilidad todo lo que se le narra. ¿Qué colegio enseña el comic como parte de su currículo de lectura? Ninguno. Todos lo ven como un simple brote más de la cultura pop, la cual no merece estar en la tradición de saberes que tienen muchos colegios en el planeta. 
   Hay que enseñar bien la lectura, no solo con libros clásicos y material profundo--que para muchos que apenas llegan al mundo, es incomprensible. Hay que llevar de la mano a esos nuevos lectores a todas las posibilidades que tiene la lectura, y mostrarles sin miedo un arte de la escritura, fecundo en posibilidades. No ha que permitir que la literatura pierda vigencia en la juventud por culpa de un puñado de profesores y de programas de lectura que están hechos con ideas de hace muchos años. Ojalá quienes lleguen a fundamentar de nuevo estos planes perciban que los niños son seres complejos que merecen acercarse también a la lectura de manera poco inocente y más sensitiva. Acercarlos mejor a su propio mundo a través de la literatura, y no obligarlos a salirse de ese mundo por culpa de una lectura laberíntica que solo deja tedio, malas notas y un repudio a muerte por los profesores de español y por los libros. 

sábado, 21 de abril de 2012

Las palabras que nos hacen menos


Por Chano Castaño

   Recapacitar sobre todas las palabras que decimos es una tarea titánica, pero no imposible. Dia a día el lenguaje es un camino que cruza el cuerpo y produce todo tipo de monstruos. Y traigo este tema a cuento de dos hechos que esta semana nos han sido desapercibidos: las excusas del Borbón que caza elefantes y la visita de uno de los cuatro de Liverpool a Colombia. 
   Son hechos íntimamente relacionados por una cosa que, fatalmente, los une: las palabras. 
   Primeramente decir que muchos movimientos sociales se oponen a todo, a que la gente coma carne, a que las personas aborten, a que los jóvenes se droguen. Pero muy pocos se oponen a las realezas. Tal vez como en Latinoamérica no sufrimos de aquel mal, ese de tener que soportar la soberbia, la majestuosidad fantoche de los castillos y la presencia de unas familias reales--noten lo absurdo de esa frase--, no estamos al tanto de este inconveniente. Pero un principio democrático debería ser la abolición de las realezas. Cortar de una vez por todas el chorro de una representación pueril del Estado, de la patria. Desde donde se le mire es absurdo todavía cree que hay reyes, monarcas, apellidos de sangre azul, en fin. Muchas veces creo que los reyes son simples aces políticos de los sistemas de turno. Los reyes han lamido el culo de locos (Rasputín), de dictadores (Franco, Hitler), de todo lo que se ha puesto a su paso para impedirles seguir siendo una venerada tradición de poder y sangre. Ahora, como el Vaticano, le lamen el culo a los presidentes, y aunque en muchas ocasiones siguen ejerciendo su poder colonial--¡porque no te callas!--, es evidente que son unos tránsfugas de turno, dispuestos a entregarse a quien sea por sobrevivir sus castillos, sus cotos de caza y los privilegios de todo tipo. 
   El hijueputa del Borbón mayor, cazador de vieja data que también mató a su hermano de un tiro--¿sin querer? quién sabe: en las monarquias la traición es un eje principal de tradición--, y que ahora asesina osos, elefantes y todo tipo de animales salvajes, vino a disculparse frente a la sociedad por sus escopetazos desenfrenados en el África. Como en todos los países democráticos, siempre hay un periódico que es manoseado por el poder privado y por el poder público: el País salió a decir que las disculpas del Borbón eran un "hecho sin precedentes". ¡Pura mierda! Un hecho sin precedentes sería que por fin lo sacaran de sus castillos y palacios para convertirlos museos, que apagaran por fin esa indiferencia social que se les ve en el rostro. Que apagaran por fin la existencia de monarquías en el planeta, y con ellas todas las palabras que las representan.
   Es ahí donde se conecta el tema del Borbón con el de Paul McCartney. 
   No comprendo cómo se puede alguien, en pleno siglo XXI, referir a otra persona como "Sir". Sir-vientes es lo que serán. Como siempre, en Colombia tratándonos de subir la mierda a la cabeza con cualquier expresión, idea o posición que surja de los países europeos. ¿Es que acaso a nadie le parece que referirse a alguien así es una posición de la Edad Media, uno de los tiempos más terribles, sanguinarios e ignorantes de nuestra civilización? Muchos dirán: "relájese, nada tiene de malo decir "Sir"." Pero no, me parece que hay un problema de fondo y es que criticamos hechos como el de la cacería del Bobón, pero nos llenamos el hocico de palabras que nos hacen sentir andando entre palacios. Una farsa. Así como la familia real de Inglaterra es una farsa que caga mierda blanca y todos sus nombramientos son una manera de reforzar esa distancia que los ingleses siempre han querido mantener con el mundo, esa "distinción". Recuerden que somos ciudadanos de derechos, ciudadanos activos políticamente en el día a día que demostramos, aun sin querer, lo que somos con nuestro lenguaje. Además, así como las monarquías han estado llenas de locos, asesinos y fantoches, los famosos "Sir" son un grupo de personas que guardan en sus listas piratas, ladrones y filibusteros que han lamido culo a los reyes. 
   Seamos coherentes--yo sé que es difícil, pero no imposible--. Defendamos el lenguaje de nominaciones serviles, esclavistas y oscurantistas. Abajo las familias reales. Abajo sus castas. Abajo las legiones elegidos por ellos para hablar al mundo. En sus castillos bien podrían enseñar historia a miles de analfabetos, y decirles desde la primera clase que las aulas donde están aprendiendo fueron el lugar donde la sociedad conoció las peores formas de poder y lambonería. Y decir que siempre hay que cuidarse de las palabras que nos hacen menos. 
   

miércoles, 18 de abril de 2012

Tipear Teclear Plumear

Por Chano Castaño

Lo bueno de poder escribir en el computador es la sencillez de la corrección. No existen esas natas del borrador que estorban y enferman, ni los manchones de corrector que lucen como huecos de un circuito de rally, y por fin, ¡quedó en el pasado el asunto de las hojas perdidas! Que se pierda el tiempo enviando una carta electrónica, pero que no se pierda un pedazo de árbol en nombre de la corrección de estilo.
   Otra ventaja de escribir en el computador es que las teclas están fijas y te permiten ir creando rutas cortas para todo tipo de función que necesites. La vieja mecanografía se ha tenido que adaptar a los famosos “short cuts”, un tipo de órdenes que ahorran tiempo en la actividad que se realiza. Hasta la ortografía y la gramática han caído en el centro de lo debates que buscan generar preocupación, pánico y furia. Yo no creo que la influencia de los chats se muy fuerte en cuanto a la ortografía y la gramática. Que ocurrirán transformaciones leves, podría ser. Pero de ahí a que ciertos cánones estrictos que son indestructibles por ser el fundamento de una lengua pasen a un segundo plano por una influencia virtual, es un camino mucho más largo pero no imposible. Por ahora las teclas están fijas y queda mucho por escribir.
   Tengo un amigo que no puede crear literatura en el computador. Ni obras de teatro, ni cuentos, ni poemas. Es un tipo clásico, más bien un reformista anacrónico, siempre luce en la fotos con una pipa larga, y procura que esas fotos siempre sean en blanco y negro. Por ser como es no tiene que odiar escribir en laptop, pero en él es un problema de estímulos: la pluma lo llena, el teclado lo repele. Estas alergias son culpa del romanticismo, porque la tecnología tiene mucho atractivo y seducción, pero es poco romántica. Yo no regalo un disco duro o una aplicación para proponer matrimonio. Tal vez en unos años cambie el asunto y regalar espacio de almacenamiento sea como hoy dar un presente inolvidable. Por ahora todos parecen quedarse con las rosas de verdad. Por eso los mecanismos de escritura deberían importar menos que lo que se escribe, porque en un momento del tiempo todo serán teclas. Pegadas en las paredes, tejidas en nuestra ropa, relucientes en los coches, cristalinas en el baño, dinámicas en la calle.
   Yo también tengo momentos de bate decimonónico y enloquezco la lira y le doy un temple cuando atino la nota. Pasa rara vez. Pero en muchas ocasiones escribo con una pluma o con lo que caiga y sé que el ritmo se aploma diferente, que todo va más lento y da gracia escuchar el deletreo de una palabra en nuestra mente, conozco el párrafo largo escrito a mano que en la pantalla es un minúsculo, y he visto a muchos personajes dedicados a la escritura que apilan cuadernos viejos en los que están sus primeras letras. Si todo eso estuviera digitalizado podría perderse más fácil, se cargaría de un lado a otro sin problema, y alguien más podría leerlo en un blog, una página o un post. Todo tiene más de dos lados. La experiencia de escribir con pluma o con teclado no sólo es importante por lo que ofrece al escritor en su proceso de creación, sino por la manera en que cada una de esas formas funde una época. La escritura a mano es tan antigua como la civilización humana, y la escritura del teclado, que sobrevive gracias a que previamente existió una escritura con bolígrafos y plumas, es una manera nueva que seguramente formará otros escritores, dará otras posibilidades de composición y añadirá algún tinte emocionante y misterioso a la silenciosa profesión del narrador. Personalmente siento que mi corazón va más al ritmo del teclado. No lloro tanto cuando lo hago. Coger plumas y lapiceros me pone melancólico. Siento que firmar un recibo o una factura puede ser el comienzo de una gran tragedia, y me tiembla todo.