domingo, 2 de septiembre de 2012

La República de Ripamar II

Por Chano Castaño 



 
I

   El cronista americano tiene la rutina de los soldados que viven acorralados entre catres de acero y carnes enlatadas. Antes de que salga el sol prepara un batido de frutas y sale a correr cuatro kilómetros. Regresa y prepara unos huevos con salchicha y café negro. Luego sale a las ruas para conseguir entrevistas, observar la realidad del infierno que el Cristo Redentor mira desde su montaña y almuerza donde la fome ataque. Durante varios días como un estóico ha resistido la dieta de frijoles, carne y batata frita. Cuando escribe lo hace como Hemingway, de pie, con la diferencia de que coloca el portátil en la cama de arriba del camarote y descansa sus codos en el borde del colchón. Teclea con velocidad, farfulla para sus adentro y aclara todo en el texto. En las noches mastica frutas secas y bebe un té de limón que lo deja con los ojos saltones y el pulso tembloroso. 
   Su primera crónica sobre los torcedores de Rio de Janeiro es un éxito en Estados Unidos. Todas las revistas se venden y se revenden. Su estilo es realista, ceñido a los hechos más triviales y trascendentales que zurce con adjetivos que perforan la mente del lector. Es una balacera literaria. Por un momento los editores de World, War and Web, creen que Joe Ballack regresó a sus grandes crónicas rojas de siempre, las mismas que lo hicieron famoso cuando relató los crímenes de las legiones del desierto en el Golfo Pérsico o cuando se infiltró entre las mafias sicilianas para relatar la forma en que vivían esos clanes entre mujeres, vinos y cocina mediterránea. Pero no todo es color de rosas. La segunda entrega es un fracaso, apenas le llega en calidad e información a los títulos de la primera entrega y deja mucho que desear. 
   El origen de tal pérdida de rumbo se debe a que Joe Ballack, con olfato de can para las conspiraciones en su contra, cree que lo van a matar. No confía en ninguno de los que están a su alrededor. Sobretodo no confía en el colombiano que duerme en el otro camarote y siempre lo mira de manera cortante. No se ha atrevido a preguntarle por qué tiene su nombre escrito en la agenda de apuntes en la que siempre está escribiendo cosas. Tampoco ha tenido oportunidad de ojearla a escondidas de su dueño. En el fondo cree que es una venganza. Es un periodista internacional que ha develado los nexos entre diferentes grupos de mafias en el mundo, muchos querrían cerrarle el pico de un solo balazo. Pero también ya es una leyenda, una amenaza que en pocos años andará de bastón, un viejo con ínfulas de aventurero que ha esquivado la muerte por pura suerte. Tal vez en esta ocasión, como lo presiente, los dados no estén de su parte. 



II


   Un baile funky en la Maré. Favela de reconocida violencia entre los combos de traficantes que se paran de segunda-feria a domingo en las Bocas, esperando al macoñero ocasional que llegue a descongestionar la semana con un bareto o al fumador de crack que ya no tiene alma. Joe Ballack, camuflado con una camiseta del Vasco de Gama y unas gafas negras, acompañado de Leonardo Silva  y una mujer afro de cuerpo delgado y bunda astral, camina entre la Maré con rumbo a un cumpleaños. Entre el comercio casual de bicicarros llenos de ropa china, accesorios para el hogar y cargadores para celular, corren las crianças gritando y persiguiendo a monstruos imaginarios; los viejos, con la piel curtida del sol, y los hombres y las mujeres que andan por ahí en chinelo y camiseta, beben cerveza en vasos pequeños y la botella permanece en el centro de la mesa, metida en un frasco de icopor que no la deja calentar. Entre todo el barullo y las fachadas de los edificios apretados de la favela, Joe Ballack percibe el movimiento de las drogas. Se mueven siempre en motos, el parrillero lleva un periódico doblado y adentro va la mercancia. Ya conocen a los clientes, casi todos son jóvenes, y cuando se arriman a la motocicleta, el piloto, por precaución, se lleva la mano al cinto para apretar su nueve milímetros. El dinero se cambia por el periódico y nada pasa, nada se fala, todo es normal. 
   Leonardo es un sociólogo brasileño que Joe conoció en Estados Unidos y que es su único contacto acá en Rio de Janeiro. En la casa de la prima de Leonardo, la que está de cumpleaños, Ballack conoce a otro primos de la familia: Suko, Juizinho y Andressa. Variopintos, ilegales, decididos. No son traficantes ni macoñeros pero saben como se mueve la favela. La carne se reparte a ritmo de samba y las bandejas pasan a ritmo desaforado. Engullen linguiça, frango, carne y pasan todo con cerveza helada y cigarrillos Free de filtro rojo. Joe percibe una decidida ideología brasileña que se desata de norte a sur: acá es bienvenido todo, lo bueno, lo malo, lo regular, lo que no se conoce, lo que llega sin saber de dónde. El brasileño abraza aunque desconfíe y cree tener siempre el sartén por el mango, por eso habla y habla y habla y arriesga en sus palabras, y al final retrocede hasta donde su hospitalidad se lo permite. Ballack no está cansado y cuenta historias de sus trabajos en otras ciudades del mundo, la gente lo escucha como si fuera un recetario de experiencias que curara la fatiga de esta selva de cemento, aunque en verdad, muy en el fondo, cada uno de esos jóvenes brasileños que lo rodea solo cree la mitad de sus narraciones. El resto les parece carreta de gringo bonachón, aventuras de Indiana Jones y con un perfil tan Hollywood que es imposible no ser suspicaz con ellas. No hay que olvidar que nunca sueltan el mango del sartén. 
   Una imagen de ensueño silencia a Ballack. Sobre los techos de tejas plateadas oxidadas, entre terraços de ladrillos descolchados y cemento mal fijado, cientos de cometas salen a volar y los niños gritan y silban porque la favela Maré se llena de figurines coloridos. Esos mismos niños las elevan, cada uno desde su casa o desde una ventana, y Ballack al tanteo cuenta unas ochenta hasta donde le dan los ojos. Es un espectáculo que lo deja anonadado. Mientras las cometan dan volteretas, retroceden, caen a pique y vuelven a tomar vuelo, también se oyen disparos al aire. Juizinho, el cara primo de Leonardo, le cuenta que no son tiros para matar a otros sino de celebración. Son signos que indican que el ambiente está tranquilo en la Maré. Muchos tiros son una guerra. Uno o dos en un atardecer soleado y lleno de cometas, son la paz. 




III


   El baile funky empieza después de las ocho de la noche. Mucha caipirinha, tequila amarillo barato, vodka rendido con sodas en vasos de plástico, personajes de diversa índole que no le dan desconfianza a Ballack aunque parezcan sacados de un video de Snoop Dog, y muchas mujeres tatuadas, con calaveras en los brazos, con tribales retorcidos en las piernas, con pájaros y delfines en los tobillos y en los hombros, con frases y nombres en las costas de la espalda; tatuajes de colores, en negro, caseros, profesionales, de estilos noventeros y hardcore. Ballack enseña el suyo de marinero americano, un águila en el brazo derecho con la bandera de los Estados Unidos en el pico, con los ojos negros llenos de furia y las grandes alas abiertas que vuelan hacia la libertad. Explica la historia cuantas veces se la piden. Sus pies ya están más perdidos después de hacer el cambio de la Antartica a la Ypióca y quiere bailar. 
   Una morena que tiene tatuado un Belcebú en el cuello lo lleva al centro de la pista. El gringo es el centro de atracción. Entre el pum, pi pum pi pú del funky carioca, mezclan a los clásicos del rock: los Rolling Stones, Nirvana, AC/DC y en la olla de beat y estruendos cabe hasta Queen. Princes of the Universe cantado por un negrinho y Joe Ballack se despliega junto a la morena como un carioca da gema, desliza la cadera de abajo hacia arriba y abraza por detrás a esa mujer que lo tiene loco. Es una interesada, él lo sabe, similar a las vagabundas de la Habana que te lo dan para que las saques de allí, o a las asiáticas cansadas del régimen que no deja abrir los ojos. Aunque esta diabla tiene algo distinto, un estallido contenido entre las piernas, un temblor que si explota te revienta hasta los huesos. 
   Se van para un hotel. Toda la noche se quieren besar y chupar. Ella para él es un sorbete de dólares, él para ella es un riesgo que vale la pena y el asco. Suben a un taxi en el borde de la favela Maré, en la paralela de la Avenida Brasil que a las tres de la mañana todavía es atravesada por las pequeñas vans que gritan en voz de megáfono: Bomsucceso, Castelo, Copacabana¡¡ El taxi va rápido y se pasa carros en la autopista principal de Rio. Ballack y la morena se besan y se tocan y él ya no aguanta mucho, tiene un abismo en el ombligo y un calambre entre las piernas. Entran por los lados del Sambódromo y cruzan otro morro que no lo parece tanto, y entonces la moto los cierra. Se baja un flaco de camiseta sisa y bermudas, de brazos torneados pero flaco, les apunta con una Uzi y cuando Ballack reacciona la morena también lo encañona. En el radio del taxi suena Seu Jorge: vejo tanta diferente esperando pra a festa començar...
   

   
   
 

miércoles, 29 de agosto de 2012

La República de Ripamar

Por Chano Castaño



   Rua Tonelero 210, casa número 17. Desesechi. El gringo mira su teléfono celular de inteligencia superior a los mapas impresos del pasado. Él mismo es un explorador de un tiempo que ya pasó, donde un pesquero caqui y unas bermudas abajo de la rodilla delatarían al aventurero avezado (o amateur) a los ojos de cualquier nativo (o de cualquier ladrón). Busca la República de Ripamar. Una residencia estudiantil donde vivirá mientras escribe su crónica sobre las torcidas de Rio de Janeiro, la violencia juvenil que las corrompe, los problemas sociales camuflados tras esas conflagraciones de barristas y todas las esquirlas que pueda encontrar en el camino. Datos son datos y a Joe Ballack, periodista veterano e internacional, después de los cuarenta le guta comer caviar y escribir menos con la sangre.
   Antes de venir para la República habló por teléfono con Ripamar. Una voz de mariposo caribeño en un dulce portugués le dio las indicaciones del lugar, el precio de la habitación y se autorrecomendó como uno de los mejores para hospedarse en la zona sur de Rio, pues en los otros, según la afeminada y acentuada voz, encontraría estudiantes procaces, homosexuales de índole masoquista que le darían confianza para después atacar, mujeres de vida pasajera y sin rumbo que romperían sus bolsillos y turistas desprevenidos que podrían hacer su vida imposible, ya fuera haciendo estruendo mientras follaban o cantando músicas nativas de sus países hasta la madrugada. Ninguna de las razones de Ripamar fue muy convincente para Joe, por el contrario, lo llenaron de una expectativa y una ansiedad por vivir ese tipo de experiencias que prefirió tomarse unos días antes de darle un sí por repuesta. El tiempo pasó veloz y a la semana Joe llamó a Ripamar y le dijo que ocuparía el cuarto junto a los estudiantes brasileños. 
   Rua Tonelero 210. Joe reposa su maleta de mochilero en el andén, timbra y una mujer obesa de pelo amoñado como un luchador de zumo y con un largo vestido de flores le da la bienvenida. Su nombre es María, pero le debe decir doña María porque es la matrona de la República. Subiendo las escaleras al segundo piso, le cuenta su historia en frases construídas en un portugués estrellado en la lengua. A finales de los sesenta mantuvo una relación estrecha con el generalato que dirigía el dictador Humberto Branco, pues cocinó en su palacio exquisitas delicias al tiempo que fue testigo de horrores de los que nunca habló. En agradecimiento, un militar muy cercano a la familia de Branco le dio esta casa de tres pisos, con terraza en el techo y aposentos para más de veinte personas. Desde entonces doña María hizo lo posible por sobrevivir hasta que después del fin de la dictadura, los turistas invadieron Rio de Janeiro y ella convirtió su morada en un lugar para hospedar extranjeros de toda índole. Al finalizar la escalera y llegar a una sala donde hay un sofá y dos poltronas, le dice a Joe con algo de picardía: "ahora estamos en el tiempo de los estudiantes, de los que vienen a estudiar el Brasil. En verdad no sé por qué lo hacen, se lo digo porque usted no es uno de ellos y puedo hablarle con la sinceridad del caso, pero este país es una mierda, está lleno de prostitutas, delincuentes, ladrones, sidosos, maricones sin moral, puros filhos da puta. No piense en quedarse, perderá su tiempo. Ya me gustaría a mí vivir en un país como el suyo, los Estados Unidos, donde todo el mundo es buena persona y no tiene problemas con nadie." 
   En el cuarto hay dos camarotes. Las sábanas de las camas y las fundas de las almohadas tienen flores de punta a punta. Los armarios son de los cincuenta, viejos, con olor a naftalina. Hay un ventilador de techo de tres aspas, un televisor de veinte pulgadas y una ventana que da a la Rua Tonelero que casi siempre está abierta de par en par por el calor. En el camarote de la izquierda en la cama de abajo, está recostado Jorginho, un rapaz silencioso que le da miradas a Joe de pies a cabeza. De seguro esperaba alguien joven también, no un veterano con cara de turista americano que no tiene donde gastar su dinero. Se presentan escuetamente y Joe acomoda sus ropas en el armario con asco y finura, buscando esconder sus verdaderos sentimientos. Luego sale a caminar por Copacabana y toma apuntes en tres lugares distintos; en un café que también es restaurante de comida rápida y fica en la Avenida Sisqueiro Campos; en un quiosco de la playa que tiene por nombre la marca de una cerveza llamada SQKL 360 e invita a la deseperación con sus mesas amarillas, sus sillas amarillas, sus meseros en ropas amarillas; y en una tienda donde venden bebidas, bizcochos y pasteles para pensionados y caminantes con sed. Al volver a la República es recibido por Ripamar, ahora si en persona. En un moreno con el marco de las gafas oscuras marcadas en el rostro, viste camiseta sisa y bermudas de motivos tropicales, tiene el pelo bajo como un césped y es canoso, sus dedos son muy cortos y sonríe al comienzo y final de cada frase que pronuncia. A diferencia de doña María, habla muy bien de Rio de Janeiro y del Brasil, acompaña a Joe al cuarto y al entrar, percibe que la cama de abajo del otro camarote también está ocupada. El rapaz se presenta como Edipo, José Edipo, y de inmediato Joe hace un chiste con la historia del Rey griego que asesina a su madre. Luego el tiempo pasa rápido dentro de la habitación, él y sus compañeros tienen la cabeza en sus computadoras portátiles y en la noche el sueño los envuelve sin dificultad. 




    II



   Joe Ballack escribe su crónica sobre la violencia de los torcedores del fútbol carioca y entrevista en el campo de entrenamiento del Botafogo a un veterano que lleva más de quince años detrás de su equipo. Bebiendo un Guaravitón recargado con taurina, Jorginho Plaza le cuenta la muerte de su hijo a manos de los hinchas del Vasco de Gama hace dos años. Pide justicia entre líneas y cree que Joe, siendo americano, originario de un país con justicia, podrá colaborar con el esclarecimiento del crímen. Según Plaza, todo ocurrió en la noche de un domingo catorce de Febrero en que se disputaba un clásico en Rio de Janeiro: Botafogo y Vasco estaban cerca de ganar el campeonato y los puntos en disputa eran de importancia vital. Botafogo se impuso con dos goles del talentoso Negrinho proveniente de Rio Grande do Sul, y al que apodaban así por creerlo una especie de ser fantástico emergido de las profundidades, destinado a llevar a la fama y al éxito al onceno de la estrella blanca. El hijo de Jorginho Plaza continuó la fiesta de la victoria en un bar con sus amigos de siempre, bebiendo Brahma y fumando Derby, escupiendo en el andén, besando el escudo de la camiseta y cantando versos a pulmón tendido junto a las voces del resto de torcedores. En eso, una moto con dos tipos se acercó al bar, el que venía atrás miró para todos lados, miró a los muchachos que entonaban coros futboleros brindando, y descargó una ráfaga de tiros para luego escapar dejando una estela de humo. Todos heridos y un muerto. Abelardo Plaza, 17 años. Desesechi anos. Cuatro balas en los pulmones, una atravesó su corazón.
 




     III


   Joe Ballack regresa a la República de Ripamar y encuentra a todo mundo de fiesta. Los jóvenes y moças se perfumaron, cambiaron de ropas y quedaron sonrientes para el cumpleaños de una de las chicas que moraba en el primer piso, Claudia, de cabello rubio y con los dientes de adelante desportillados. El cronista americano recibe una cerveza y la bebe de un solo sorbo, con la sed de los blancos que exploran las selvas del trópico, y pide otra llamando la atención de los sobrios estudiantes universitarios que lo rodean. Cantan alrededor del pastel, brindan, luego hay música y cháchara, a Joe una brasileña lo saca a bailar intensamente canciones de forró y al final sus pies de adulto sedentario le piden descanso. Pero solo toma asiento y observa lo que acontece a su alrededor: la gente va y viene por toda la República, gritan de arriba, fuman abajo, ríen en el patio del segundo piso. Es una crispación colectiva que lo intimida de tal forma que prefiere volver a su habitación y tomar una siesta.
   Cuando cruza la zona del lavadero, entre la oscuridad del único lugar que no tiene más de tres personas reunidas con cerveza en mano, escucha unos gemidos ligeros y suaves y entre la oscuridad descifra un movimiento que no ve claro. Se acerca silencioso y a pocos metros escucha una voz que le advierte que se aleje: "cai fora, cai fora, gringo, você não tem que estar aqui", pero como Joe no entiende una puntilla de portugués, sigue avanzando y prende la luz para ver desnudos y arrumados uno detrás del otro a dos jóvenes que duermen en la habitación adjunta a la suya. Los vio esta tarde de salida pero jamás imaginó que fueran homosexuales. Apagó la luz con afán pero ya era demasiado tarde, los chicos lo rodearon y empezaron a frotarse en sus ropas. El olor a mierda era insoportable y uno de ellos, el que enculaba al otro en el acto, le untó de caca su pantalón de reportero blanco, americano, proveniente del país justo. Empezaron a jalarle la ropa y Joe intentó escapar sin éxito. Estaba paralizado por completo y con una erección que no sabía de dónde provenía. Fue entonces que al fondo la voz de doña María se acercaba por las escaleras que desembocaban a la sala que tenían al lado y entre la oscuridad los morenos sátiros emprendieron la huída. Cuando doña María lo encontró así, quieto, con marcas de haber sido acosado aunque solo fuera superficialmente, lo llevó hasta el baño y le trajo nuevas ropas.
   Al salir del baño, doña María le alcanzó uno tapa oídos a Joe. ¿Para qué son?, pregunta el reportero de manera ingenua. La matrona le dice que en las noches de fiesta la República se torna demoniaca y pecaminosa y que si el no está dispuesto a participar, así como ella, es mejor que resguarde el sueño aislado de los gritos y exclamaciones gemibundas que llenarán el lugar hasta la madrugada. A Joe lo recorre un vacío del ombligo al pescuezo. Se da cuenta que donde está viviendo es una cueva de maricones que lo buscarán el día que tengan hambre de veterano, de carne flácida y chupada. No teme. Sabe que a la habitación no pueden entrar a hacer de las suyas. Abre la puerta y percibe que hay alguien nuevo: un cuerpo delgado y cruzado de piernas reposa en la cama de arriba del camarote izquierdo, un rostro de barba negra y cejas árabes. El tipo se presenta, es un joven escritor colombiano, corresponsal de un periódico que, por lo que sabe Joe--y sabe mucho de periodismo--, es de tinte sensacionalista, de mostrar fotos con sangre y de contar todo al estilo más grotesco. Intercambian palabras básicas pero acuerdan no salir del cuarto para evitar accidentes en las posaderas. Ríen del chiste pero no muy duro, no sea que piensen que se andan tirando entre sábanas ajenas. Luego apagan la luz y cada uno a dormir, pero cuando Joe se está subiendo a su cama, mira el escritorio pequeño que hay entre los camarotes y ve una agenda abierta con palabras escritas en español. El no sabe el idioma de Cervantes, pero a leguas reconoce un nombre que le es muy familiar: Joe Ballack. Él mismo. Su nombre puesto en la agenda oscura de un colombiano magro al que acaba de estrechar la mano.


   

martes, 5 de junio de 2012

El laberinto de la consecuencia

   

   Por Chano Castaño   

   Somos mentes desarrolladas en el ámbito de la cooperación y la imitación. Inventar algo desde cero todavía tiene sentido aunque muchos digan que todo ya ha sido escrito y creado de alguna forma. Puede que todas nuestras posibilidades como seres humanos morales, éticos, de naturaleza impredecible e insaciable, hayan sido representadas y explicadas en Shakespeare, el Quijote, en toda la poesía que se ha escrito, en todo el periodismo que ha acompañado a la ilustración y la modernidad. Pero eso no cuenta con el infinito acontecimiento que nutre a un escritor: el cambio de mirada sobre sus obsesiones, la alternación impaciente que le permite rodear con curiosidad y fascinación su objetivo central—que puede no estar muy claro, pues el artista es quien sabe lo que busca al momento de encontrarlo. 
   La literatura es una metáfora todo el tiempo. Una historia de amor puede ser contada infinitas veces y ser en el fondo la misma, pero la versatilidad, misterio y belleza de los personajes humanos, la poesía del mundo que los rodea y la negrura de su realidad, son elementos que están buscando identificarse con nosotros, descifrarnos a la vez que los figuramos y darnos un poco de la comprensión que no tienen ellos—aunque estén encerrados allí—, de esa metáfora continua que es la literatura. 
   No vengo a decir cuál escritor tuvo las obsesiones más importantes para la civilización, o quién escribió de tal forma sobre aquel tema del que han escrito parrafadas sin cuartel y del que ya no hay mucho por descubrir. Me importa más incitar a la conciencia sobre la lectura y las posibilidades de encontrar mundos, ideas y mensajes que generan inquietudes profundas en los seres humanos. Leer es liberarse, entretenerse, tranquilizar. También es enloquecer un poco, ser cínico y poco pudoroso. El lector que todavía condena libros es el mismo que no es capaz de comprar un título que le corrompa el alma o le incite al lugar oscuro. Sea el que sea. Todas las lecturas son distintas. Todas las sombras no son la misma luz. 
   Una inquietud profunda que nace de mi relación con los mundos que recreo e imagino, es el cruce de historias en que se basa la narrativa imparable de la vida cotidiana. La misma en que el narrador de mundos fantásticos encuentra sus respuestas, la misma donde el tejedor de tramas policiacas descubre sus matones y detectives, la misma que es lúcida, cruel, espontánea y siempre nos está develando algo que no está claro, pero que intuimos podemos descubrir  cuando somos más conscientes de que somos muchos—muchos pobladores, muchos ciudadanos, muchos terrícolas. Somos tantos o más pero nos creemos uno. Nuestra realidad, su desarrollo tecnológico y material, los acuerdos de finanzas, de academias y centros políticos, así como las compras en la carnicería de la esquina, la caminata en el parque o los tragos sabatinos, están continuamente poniendo ante nosotros decisiones que debemos ir tomando. El tejido que forman esas decisiones es un telar inmenso de consecuencia tras consecuencia en el que podemos encontrar patrones comunes que, más allá de los comportamientos homogéneos, nos develan que la vida que vivimos todos los días, junto con la del resto de seres humanos en el planeta, está construida continuamente por cadenas de acontecimientos atadas a esa toma de decisiones. Un electricista coloca un bombillo en la entrada de un edificio, le pagan en billetes verdes y él sabe en qué gastará ese dinero: su hija debe entrar al colegio y pagará la matricula de una buena institución con esos pesos. Una señora de ese edificio sale un día en la mañana a su trabajo, cuando de repente la bombilla que colocó el electricista—de mala manera, como se ve hasta ahora—le cae en el rostro, le parte la nariz la boca y tiene que ir al hospital, perdiendo un día de trabajo que será descontado de su salario. En el colegio de la hija del electricista, una institución católica de prestigio, una de las profesoras de primaria es amiga de la mujer que ha tenido el accidente con el bombillo. Para ir a ver a su amiga en el hospital, pide un permiso extraordinario y el director docente se lo concede, pero eso si, que no se olvide la invitación a comer en la que él ha insistido tanto. Rumbo al hospital, donde las visitas son permitidas de 1:00 PM a 5:00 PM, la profesora verá un accidente de tránsito donde muere un motociclista. Mientras tanto, en el colegio, después de que termina el recreo, los chiquilines del curso que pertenece a la profesora ausente, entrarán en shock durante quince minutos ausentes de autoridad, y un niño, víctima del paroxismo y frenesí del caos infantil, se tirará desde el escritorio de la profesora a volar con las consecuencias propias de todo Superboy estrellado en la baldosa. Acontecimientos de gran impacto se mezclan siempre con hechos mínimos; la soledad de algunos es su consecuencia en comunidad, así como la sociabilidad de otros tiene una consecuencia en su soledad.  
La vida del hombre es un aparato de consecuencia continua de sus propias decisiones—y de las de otros, unos que desconocemos hasta el grado del anonimato absoluto. Individuos que hacen cosas que tienen un resultado que a su vez se cruza en nuestra vida, donde se combina con nuestra acción, con nuestra opinión, con nuestra idea, con nuestra palabra, con nuestra decisión. El resultado es otra consecuencia que pasará por la vida de uno y de otro y de otro. 
   Infinitamente el círculo que cruza nuestras vidas sobre la decisión y sus consecuencias, está formado por hechos que empiezan con una forma y terminan con otra, distorsionados por el manoseo de la vida de tantos. Pensar en estas cadenas infinitas con libertad imaginaria no solo nos devela un plano de la experiencia literaria, sino que demuestra que el hombre está conectado con todos los hombres. Una secreta telepatía conecta a todo el universo humano. Encender aquella capacidad, controlarla y expandir nuestra conciencia de entendimiento de la vida, es un deber ecológico, vital y científico que el hombre del siglo XXI tiene que realizar y exponer ante todos los pueblos de la Tierra. 

viernes, 1 de junio de 2012

El lector como dinamizador de conciencia social (III)





Por Chano Castaño


   El analfabetismo es un tema serio en Colombia. Que lo afrontan de manera folclórica es otra cosa. Los índices van y vienen, las cifras nos dan esperanzas y abatimientos. Además, existe una percepción del problema muy parcializada. La sociedad--ciudadanos y espectadores-- suele ver en los ancianos, adultos y niños analfabetas un asunto de no ir a la escuela. Ese es el asunto, la gente que no fue o no va al colegio está condenada a ser analfabeta por toda la vida. Miren los sociólogos cómo lo solucionan, los psicólogos sociales, los comunicadores, los políticos. El problema no es de plata ni de espacio, peor aun: es un problema de lectura.
   El analfabetismo no solo demuestra que la gente no va a la escuela, sino que las prácticas de lectura y escritura en los contextos sociales se ven truncadas y menguadas, no alcanzan para cambiar actitudes hoscas de adultos que alejan a los niños de la escuela o para influenciar a los jóvenes a que lean y escriban en vez de asaltar o soplar. Tal vez a la sociedad le interesa mucho que se lea y se escriba para entender formularios y no para ser libre. Importa es percibir que el analfabetismo es una palabra que tiene un trasfondo oscuro donde los que no sabemos lo que pasa somos los que leemos. Un problema social que tiene sombras y cuevas donde apenas ha ingresado la investigación académica, pero que va más allá de no saber garabatear las letras en un recibo. Como siempre en Colombia este tipo de problemas tienen un millar de culpables y una razón para no cambiar. 
   La conciencia social es originada por la experiencia participativa que tiene el ser humano. William Ospina decía en su ensayo Lo que le falta a Colombia, que en este país nunca nos hemos reconocido en el otro, y no por una cuestión de belicosos regionalismos, sino porque somos los "herederos y perpetuadores de una antigua maldición, en el país de los odios heredados y de las pedagogías de la ignorancia y el resentimiento". No hemos reconocido las rutas culturales para educar a un pueblo particular como el que nos vio nacer. Antes de comprender al otro nos burlamos de sus carencias o de sus bondades, nuestros líderes antes de pensar en las poblaciones que sufrirán los estragos de su corrupción firman el documento indebido, nuestros empresarios antes de pensar en el bienestar de su empresa agrícola y sus empleados prefieren financiar paramilitares, los curas antes de pensar en las mujeres salen a predicar que su cuerpo no es de ellas, sino de Dios. Ignoramos que si no enlazamos nuestras raíces como una ciudadanía plural jamás extinguiremos el analfabetismo y otros males más funestos todavía. Tenemos que conocernos, que tocarnos, que leernos. Participar de los proyectos, de los problemas y las necesidades de los pueblos que conforman nuestro país, el territorio de nuestro español mestizo, bastardo, versátil y fascinante, es un asunto que nos concierne por el hecho de que la conciencia social en Colombia debe ser fortalecida y la única forma de hacerlo es trabajando juntos. 
   Y no quiero que se piense que soy víctima del paroxismo patriótico propio de ciertos crápulas de corbata. No estoy abogando por que Colombia es Colombia y sale pa pintura. No. Es le hecho de que si nos constituimos como una sociedad en busca de un porvenir mejor debemos actuar en consecuencia y trabajar por ello. Entre todos debemos aprender a leernos, percibiendo los capítulos de nuestra propia historia sangrienta y fanática, como un pasado que enseña la transigencia y el respeto, así como los momentos gloriosos, llenos de esfuerzo y felicidad, nos muestran que no estamos hechos para fracasar y entregarnos como sociedad. 
   

miércoles, 30 de mayo de 2012

El lector como dinamizador de conciencia social (II)




Por Chano Castaño

   En la antigüedad todo parecía un enigma. En la ilustración todo pareció un signo. En la sociedad del conocimiento todo parece un dato.
   Se mezclan las interpretaciones, los hallazgos, las miradas, los puntos de vista, las lecturas. La fragmentación (agrietada en muchos, por bloques en otros) está en el individuo contemporáneo gracias a esta versátil oferta que le hacen los medios, la educación, la cotidianidad, la red. Una serie de nuevos lectores es victimizada por la academia. La incomprensión de sus capacidades está delineada por el poquísimo esfuerzo que hacen los críticos y pensadores de la lectura por dar otra mirada a los nacidos en medio de bits, pantallas e hipertextos. Se zafan del problema (o creen ingenuamente incluirlos) acusándolos de ser los portadores del virus que destruirá a lectura como la conoció el siglo XX: impresa y en tendencias.
   Un ejemplo de esto es el escrito de Pedro Torremocha, investigador de la Universidad de Castilla-La Mancha que escribe esto en su ensayo Lectura y Sociedad del Conocimiento. "...hablaríamos de un nuevo analfabetismo, aparentemente menos peligroso que el analfabetismo funcional; podríamos llamarlos neoalfabetismo, extendido por todo el mundo desarrollado y protagonizado por esos nuevos lectores, fascinados por los nuevos soportes de lectura, que no son lectores literarios ni tampoco, en muchos casos, lectores competentes." No sé de dónde surge tanto miedo. No sé de dónde viene un temor apocalíptico que sataniza las nuevas generaciones que han estado inmersas en la era de los sistemas y del Internet. La lectura es una actividad que cambia continuamente, nunca ha sido igual, y que los nuevos medios estén cambiando las formas en que los lectores reciben los textos es una evolución imparable del libro como objeto. No me parece que el Internet genere menos lectores. Tal vez haga escritores que leen menos, pero menos lectores no. Se lee continuamente, a veces simplemente se procesa información rápida, en otras ocasiones hay que leer y re-leer para comprender  y pensar lo que se lee con mucha cautela, y en muchas otras hay que sentir, con el corazón y el cuerpo y la mente, sentir la potencia de la imaginación, su capacidad para engendrar los más diversos personajes y narraciones. Esto también le pasa a los jóvenes de ahora, esos que Torremocha califica como "neoanalfabetas", ellos también son sensibles y las palabras ante sus ojos aclaran dudas y preguntas fundamentales, como lo han hecho siempre desde que fueron inventadas y creadas por el ser humano.
   La sociedad necesita de la lectura pero los lectores no se pueden hacer como un producto industrial, es decir, lectores que están llenos de datos sueltos y con poca profundidad, con poca curiosidad por los enigmas que les presentan los libros; lectores que tienen fecha de vencimiento y de nacimiento, lectores que entran a sintonizarse con una frase solo porque los obligan. La lectura hace muchos años intenta salir de la escuela y mostrarse de otra forma. Los nuevos medios son esa oportunidad, la de encontrar una facilidad de acceso a nuevos públicos, la de generar más trabajo para el escritor y más exigencia en sus libros, la de crear una verdadera sociedad del conocimiento que esté conectada y pueda compartir, aprender del otro y encontrar respuestas al compartir la experiencia de lectura.
   Estanislao Zuleta escribe en su ensayo sobre el lector que buscaba forjar Nietzsche: "Aquel que es capaz de permitir que el texto lo afecte en su ser mismo, hable de aquello que pugna por hacerse reconocer aún a riesgo de transformarle, que teme morir y nacer en su lectura; pero que se deja encantar por el gusto de esa aventura y de ese peligro". El lector que forja el gran pensador alemán para sus textos es el mismo que el filósofo paisa propone: salido de todo orden, destructor de gramáticas, atado a la imaginación y a la sabiduría que contienen los libros más que a su poder de entretención o de información; un lector que no se preocupe si un libro lo mata y lo vuelve otro, un alma en pena o un meditabundo. No tiene otra verdad más cierta el punk que la que señala a los libros como opresores de concienciay a la escuela como palacio de tales aberraciones. Verdad como ninguna otra esta. La lectura es un acto en verdad liberador y debe enseñarse con libertad, no con ataduras de corrección o fomentos de un orden establecido que en el fondo es vacío. La sociedad moderna emprendió desde hace años una valorización de la lectura a través de todo tipo de campañas: todas las formas de lucha por el libro, todas las maneras de volver lectores tradicionales de libros impresos a esos lectores extraños que se enfrentan a las pantallas y abrevian toda la lengua con el teclado. Una sociedad particular se busca en este proceso, una sociedad de lectores que, más que antes, no temen decir que no se reconocen en nada. Ni en lo que les han puesto a leer ni en lo que ellos mismos leen. Su infierno tal vez sea la búsqueda constante, la insaciable sed de explicaciones que puede entregar la red, los blogs, las webs, los buscadores, los foros, las entradas, los wikis. Pero en esa búsqueda, confío que sea así, podremos encontrar otra versión del cómo leemos y el cómo escribimos que nos dará para seguir dando cuerda entre palabras y metáforas por muchos siglos.

domingo, 27 de mayo de 2012

El lector como dinamizador de conciencia social (I)




Por Chano Castaño   

   En la escuela nos enseñan a leer con Rafael Pombo y desde el instante en que atamos varias palabras y hacemos una imagen, nos consideramos fuera del analfabetismo, integrados a la civilización de las letras que ha construido ciencia, filosofía, arte y mentiras políticas. Nos graduamos como lectores. Es decir: agentes del orden establecido que mediante la obtención de información regularizada por los organizadores y activadores de conciencia social, garantizan la perpetuación de las reglas y condiciones que sostienen ese orden. Siempre estamos afirmando que le lectura es libertad, sanación, conocimiento y debate de ideas; pero también es un hecho político y social que la gente lea, pues cuando adquirimos los saberes necesarios de la lectura no solo nos educamos, sino que nuestra mente se abre a un mundo entero de influencias: la literatura, la poesía, el periodismo, la ciencia, el arte; el amarillismo, la retórica incendiaria, el discurso del No. Rodeados de palabras entramos al mundo de la lectura y comprendemos que ese mundo se escribe y se habla todos los días. Un mundo dirigido por líderes que necesitan que sepamos leer muchas veces, así como prefieren que la ignorancia ataque y llene de sombras lo indeseable. 
   El ser social en la lectura está lleno de capacidades y minado por las trampas. El mundo de las ideas está idealizado por los consumidores de información. Hay muchas palabras que buscan el mal, otras que irrespetan sin tregua, están las escritas para indignar e imponer, las que sobre el papel sagrado de las leyes representan los intereses de una minoría que piensa, paga los redactores y disfrutas de las máximas consignadas por esos amanuenses. Colombia es un país donde los lectores no son muchos (y donde los amanuenses a sueldo sobran). Nadie dice que no se lea. Simplemente es un tema que preocupa a ciertos mortales como a otros les tiene sin cuidado. 
   Que alguien sepa leer no quiere decir que Borges tenga que estar bajo su almohada y que Shakespeare y sus obras vivan en los entrepaños de su biblioteca, ni que esa persona convierta en máximas de su vida los versos de un poeta francés o la novela de ese autor americano. Leer, más allá del entretenimiento, la información y la lengua, es un acto que nos invita a ser explosivos con la imaginación y muy curiosos, todo en medio del silencio reflexivo de la lectura solitaria y meditada. El problema aquí, como siempre, es que estando en una sociedad de la información, el acto de la lectura se convierte en una acción polifacética que ofrece todo una oferta de discursos y acciones al individuo. La recepción de esos discursos genera en el lector un compromiso: o se está de acuerdo o no se está de acuerdo, en el caso de la política. En la ficción el pacto es con la imaginación más que con la razón: la novela produce ensueños y emociones que permiten descubrir nuevas realidades y adentrarnos en un proceso de conciencia ajena que enriquece. Leer e imaginar liberan, son experiencias similares a un viaje o una evolución en la conciencia. Finalmente, el lector no es más que una estación donde reposan, transitan y se quedan a vivir ciertos personajes, ideas y recuerdos. Personajes que se van en los trenes de nuestra memoria a buscar futuro y regresan derrotados o victoriosos a esa misma estación que los vio partir. 
   
   


miércoles, 23 de mayo de 2012

¿No importa el nombre?



Por Chano Castaño 

   
   Nacemos para ser nombrados. Confabulan en el primer instante de nuestra vida dos y más palabras para legarnos una herencia simbólica que la mayoría de las veces corresponde a un retazo de memoria. Un retazo mal habido, construido por lo que espoliamos y no decimos, zurcido con pelambres delicados que pueden perderse fácil. Un nombre es como nos llamen en un lugar. Apodo. Mote. Remoquete. Alias. Apelativo. Cualquiera es un nombre. 
Uno puede no tener cédula en esta Tierra. Poseerla es un pacto con el sistema que nos organiza en sus cifras y nos mueve de un lado a otro como seres digitales. Es más aterrador saber que alguien no tiene nombre. Casi siempre ese comentario sonaría como un chiste pero no lo es. Nunca hemos conocido alguien que no tenga un nombre. No existe. 
Ese es un pacto diferente, uno con la lengua que está inmersa en nuestra vida a través de palabras de las cuales la vida no puede escapar, como un nombre (o un insulto). En la memoria de los pueblos, en los nombres que poseen las mujeres, los niños y los ancianos está un legado de representaciones que los explica y los cuenta. Esos relatos ocultos tras muchos nombres, apellidos y apodos también desaparecen en las tinieblas que ocultan lo superficial. En un país como Colombia donde la memoria es irascible y recuerda solo el rencor y la agonía, dejando muchas veces al lado la poético y fascinante de los pueblos, es bueno que se volcara esa mirada sobre aquellos aspectos, los que demuestran porque las familias, las minorías y otros grupos se nombran como se llaman y se dicen como se sienten. 
Poseer un nombre es tener una raíz que nos ata a un lugar más lejano que el propio. Somos una civilización que se reconoce en la palabra, que entrega poder en la palabra y se representa y explica constantemente en ella. Llámese como se llame, querido lector, sepa que su nombre es propiedad del tiempo pasado que se abisma a su espalda. Su nombre no es suyo ni del que lo tenga en cualquier momento. Su nombre es lo que precisamente usted desconoce de cómo se llama. 
Latina, germánica, oriental, hindú. Todo nombre es una historia y todas las civilizaciones lo saben. No sabemos si lo primero que nombramos fuimos nosotros mismos. Tal vez ya no valga la pena saber si fue así. Nuestras fuerzas hace mucho tiempo se desgastan en perseguir la historia de nombres, la fama de nombres, la locura de nombres, la sabiduría de nombres. Nombres de hombres. Nombres de fundadores, de pioneras, de artistas, de presidentes, de cantantes, de escritoras, de vecinos. Nadie sabe para quién trabaja con ese nombre. Sobretodo si todo el mundo lo tiene. Andrés trae tres. Pero el cuarto es el más misterioso: el que no se llama Andrés. Se llama…