jueves, 26 de abril de 2012

La red y su ola de escritores indie




    Por Chano Castaño

   Diez personas se deciden a escribir. Tres saben desde un principio quién es el editor, dos creen que es  un agente literario, cuatro saben que tiene que ver con los libros y uno, que escribe en el celular, lo ignora del todo. Y es que el editor es una figura temible para los ermitaños que huyen con su obra y para los abnegados de la industria cultural; un misterioso lector-corrector que anda, muchas veces, durmiendo tras el escritorio, esperando las palabras frescas que alguien ha de traer; o simplemente, el editor es necesario porque sabe culminar las obras literarias de los escritores, un guía de talentos resuelto frente a los laberintos de palabras. Aunque, en la era de la literatura digital, el escritor hace maravillas a través de aplicaciones que están cambiando la industria editorial.
  Una de esas maravillas es que es el escritor se vuelva editor y agente literario de su propia producción, que no necesite de un grupo de figuras a su alrededor para que le determinen la distribución, la agenda de medios, la impresión y la venta por internet de sus libros. Un escritor independiente que promocione su obra y la haga conocer, aprende a reconocer espacios de comercialización y muestra, intuye los lugares donde es bien recibido el libro, asiste a los eventos en que puede presentarse y hablar de su obra, y no escatima recursos mediáticos para llevar su trabajo al público.
   El público de ahora termina leyendo más escritores nuevos por la red que por medios impresos. Hay blogs, foros, chats, artículos, noticias, correos electrónicos, una amplia gama de formatos para contactar al otro o para enseñarle algo. Todos conocemos de sobra los diferentes caricaturistas, periodistas, escritores y artistas que opinan en Twitter y generan polémica en Facebook, los que ponen a veces picantes frases, idioteces del tamaño de una pulga, chistes flojos del acontecer nacional y recomendaciones varias en las que se ganan ideas o se pierde el tiempo. Ese tipo de participaciones en red de los escritores llaman la atención de potenciales lectores, quienes se acercan o se alejan de los libros. Es la era en que ideas tan cortas llegan tan rápido a un sinnúmero de lectores. Llueven piedras y rosas. Los resultados están en los números, en las tendencias más seguidas y en que ese termitero de lectores frente a las pantallas haga clic sobre tu libro, ya sea para echarle una ojeada o tirarlo en el carrito.
   Hay dos aplicaciones virtuales que permiten que los escritores que quieren ser sus propios editores y distribuidores lo puedan llevar a cabo. Se trata de www.blurb.com y www.lulu.com. Entre las dos hay diferencias, depende lo que se busque, pero su objetivo, el de ayudar a las personas a realizar su libro, sea de lo que sea, se cumple a cabalidad. En las dos se puede montar una portada propia, crear un libro de prueba, editar los textos y las imágenes, elegir una medida del libro, un tipo de papel y de portada, en fin, todo lo que se pueda modificar en pos de que el usuario pueda personalizar su libro y finalizarlo perfecto.
   En www.blurb.com el usuario tendrá que descargar una aplicación o realizar todo el trámite del documento desde la página luego de registrarse en el sistema. La aplicación es muy sencilla de manejar, simplemente hay que arrastrar los textos o las fotografías que se quieran colocar en el libro, así como las ilustraciones o imágenes que vayan en la portada y contraportada. La diagramación se realiza en parte por el programa y en parte por el usuario, aunque ahorra trabajo básico, a la hora de acomodar de manera compleja los elementos puede traer desventajas. En www.blurb.com ofrecen un sistema de distribución y el servicio de una tienda en la que se pueden hacer pedidos impresos y digitales. En la tienda hay variedad de literatura: poesía, cuentos, novelas, de todo en varios idiomas, y los precios son asequibles. Es una herramienta útil para crear un libro digital. No es recomendado para aquellos que busquen una buena producción impresa.
   En la otra aplicación virtual, www.lulu.com, la cosa es a otro precio. Están todas las ventajas y una oferta rica en distribuidores, tiendas virtuales y credenciales comerciales hacen que sea el mejor de la red. Hay que registrarse y crear una cuenta, luego hay que subir el archivo desde el computador ya finalizado. Esto es algo importante que diferencia a www.lulu.com de www.blurb.com, que es necesario terminar de la mejor manera el contenido que coloquemos en el libro, pues no habrá forma de corregirlo en la plataforma o cuando ya esté asignado, por eso hay que mirar fuentes, tamaños, introducciones, todo lo que sea necesario para la presentación de nuestra obra. Podemos también subir más de un archivo y elegir cual es el definido para entrar al proceso de finalización, en el que se escoge un tamaño del libro, el tipo de pasta. La página asigna un código de barras y un ISBN que identificará a la obra en internet, también enviará una copia impresa del libro gratuita a casa (solo es necesario pagar el envío), con el fin de que el autor observe el producto final y haga las correcciones necesarias. El usuario se pone en contacto con la página, diciendo que ya tiene la muestra gratis en sus manos, empieza el proceso de corrección final en el que el usuario monta de nuevo el libro con las correcciones y los cambios hechos a la prueba impresa, y se culmina el proceso dejando a su paso una experiencia de edición independiente, distinta a la tan conocida en el negocio editorial.
   De igual forma la red también propone distintos caminos para los escritores que quieran estar conectados y no dejar de escribir. Porque en muchos casos los escritores de computador tienen un blog (público o secreto, da lo mismo), un Twitter o un documento de Word abierto en el que van apuntando todo. Alguien podría hacer la tarea de poner género a todos esos escritos o notas que hay en los ficheros de los escritores, y vería que de su combinación podría brotar una novela excelente, cuentos de variados tonos y poemarios hasta la saturación. Por eso se inventaron el Mes Nacional del Escritor de Novela, o en inglés National Novel Writing Month (http://www.nanowrimo.org), un evento en la red que empieza este primero de noviembre de 2011 y que pone a prueba la pericia de los escritores, pues hay que hacer en 31 días una novela de 50.000 palabras.
   Hay gente que ya empieza a hacer la cuenta y se come las uñas. En promedio hay que escribir 1613 palabras por día—los primeros frustrados serán aquellos a los que el tapón de la inspiración se les abre los domingos en pleno guayabo, o los que tienen que escribir a mano y luego pasar todo al computador; aunque ni pensar en los que encuentran la inspiración una vez al mes o en los que durarán inventándose un personaje dos semanas, escribiendo el primer capítulo otra y saliendo del segundo la última. Ah, valga la pena decirlo, esta es una competencia que no tiene un ganador como tal, tiene muchos, por eso se puede escribir en cualquier idioma (menos mandarín y árabe), la gracia es intentar ser un escritor y todos los días pensar en la historia que tenemos entre mente y alma, en la trama o la tira de relatos que nos tienen laberíntico el sentir. El Mes Nacional del Escritor de Novela es una oportunidad que nos da la red de compartir nuestra creatividad, nuestros ritmos de escritura, las técnicas, las anécdotas y que abre la puerta a una comunidad mundial de escritores de todo tipo que quieren dar a conocer su obra.
   Lo importante de mirar todas estas oportunidades y herramientas de trabajo es la metamorfosis que la literatura empieza a vivir desde varios aspectos. La primera de ellas es la manera en que se está leyendo, pues las letras se trasladaron a las pantallas y pueden alcanzar a decir más que antes y llevar a rincones inhóspitos del conocimiento. La segunda, que la comercialización se descentraliza de las editoriales y las librerías gigantes para entregarse de rodillas al lector y al escritor; la tercera son las extrapolaciones y mestizajes que tiene el lenguaje cuando entra en la dimensión virtual, y todas las posibilidades que ello implica; y cuatro, la manera en que interactuamos con el libro: con la era de las pantallas nuestras manos dejarán de sostener el libro para entrar a construir en él.


martes, 24 de abril de 2012

Feria del Libro de Bogotá 2012 (I)

Por Chano Castaño

   Corferias sigue siendo un lugar bueno para estos eventos magnánimos que acercan a las personas a los libros. La pregunta es: ¿se acercan, en verdad, las personas a los libros? O tal vez acomodando la cuestión de otra manera se puedan vislumbrar otros matices: ¿puede la gente, en verdad, acercarse a la cultura? ¿Sobretodo a la cultura de la lectura y todos sus contenidos educativos, artísticos e informativos?
   Por más que quisiéramos escuchar un Sí a esta fatigada interrogación que aparece cuando hablamos de temas culturales, es un No el que siempre obtenemos. No,, malditasea. NO.
   Primero el problema de siempre: el precio de los libros. No niego que encontré libros de Anagrama, Planeta, Mondadori y otras casas editoriales a precios accesibles. Muchas editoriales independientes también sacaron libros muy baratos, libros a los que muchos se acercaron por su precio y calidad. Lo digo porque lo vi. Pero también percibí el alto precio de los libros académicos o de temas que interesan a investigadores, docentes, estudiantes y público en general. Tal vez esos altos precios estén justificados en un local comercial que abre todo el año. pero esto es una feria, tal vez la única en el mundo que deja baratísima la literatura infantil y pone carísimas las novelas, los cuentos y la filosofía. Se supone que estos eventos son el momento de sacar los libros muy baratos para que la gente se los lleve por montones. Pero sucede todo lo contrario: para salir con más de 10 libros buenos debajo del brazo hay que irse con 300.000 $. Y eso, sacando las cuentas al aire. Porque entre las promociones exhiben demasiados gofios que, por más baratos que los pongan, nadie los lleva.
   Vi también muchos libros que hablan sobre el futuro del libro, sobre lo que pasará con el futuro de la industria editorial, sobre los grandes acontecimientos que trae el porvenir, etc...Pero vi muy pocos lugares con libros electrónicos exclusivos para teléfonos inteligentes o tabletas o lectores electrónicos. Si los hay, que los debe haber, son muy pocos. El libro electrónico luce como un tema todavía del libro impreso, no como una realidad que ya está inmersa en el mundo de los lectores, de las empresas editoriales, de los individuos que hacen el trabajo limpio y sucio para que la gente publique y los lectores disfruten. Hubiera querido ver más propuestas novedosas en vez de tanto pendón e impulsador tratando de vender libros. ¿Por qué tan pocos ofrecen contenido digital? ¿Por qué nadie vende contenidos impresos y da ñapa con contenidos digitales? ¿Por qué nadie ofrece contenidos digitales que se paguen en efectivo? Hay tantas preguntas como respuestas, pero el "futuro" del libro se rajó otra vez en esta feria. Además: no digan que la mayor innovación fue la pantalla-libro del Politécnico. Una farsa. Geeks sensacionalistas, lo que nos faltaba.
   Claro que no niego que encontré buenas promociones. Encontré también escritores colombianos como Fernando Soto Aparicio firmando autógrafos en un local donde, en ediciones de buen papel pero de pésima portada--una foto del escritor en blanco y negro, como si él fuera el cuento de todos los libros--, se dedicaron a despachar clásicos como Palabra de Fuego y La rebelión de las Ratas. Vi muchos jóvenes comprando libros allí. Es una buena señal.





   También me gustó mucho el pabellón infantil. Todo un pabellón para que los más pequeños exploren los libros, los huelas, los toquen, jueguen alrededor de ellos, los usen como parte de sus juegos, los tiren, los doblen, los pisen, los lean. Como siempre la capacidad de competencia se nota bastante: hay locales como el de Planeta que son un parque de atracciones, mientras que hay uno que otro rezagado en un rincón, sin ni un pendón impreso, apenas con dos o tres vitrinas donde exhibe juegos, cubos de colores para armar y papelería básica decorada con cursilerías.
   No sé si llegué demasiado tarde, pero aunque el pabellón de Brasil es muy bonito--sobretodo por la exposición de fotografía documental: cuenta mucho, no exagera, no es amarillista y da una idea colorida, nutrida y culta del Brasil--, no pude encontrar algo de lo que venía buscando. Quiero una antología de cuento brasileño actualizada, que traiga autores jóvenes y adultos, que no tenga más de 8 años de realizada. Y no la encontré. Vi poesía en antología, crónicas, ensayos, fotografías. De todo menos cuentos. Ah, y novelas (romances, como les llaman allá). Al parecer los voraces aprendices de portugués de la ciudad, junto a los brasileños que viven en Bogotá, más todos los curiosos, aficionados y simpatizantes del idioma de Pelé, se llevaron lo mejor los primeros días. Yo no creo en tanta belleza, pero sí en una selección buena de los libros que trajeron. Personalmente encontré 4 o 5 textos que me hubiera llevado si tuviera más dinero. Igual, habían mucho económicos. Por ejemplo una historia del Brasil contada de manera periodística, de buena edición y contenido nutrido y organizado, tenía un costo de 58.000 $. También había libros producto de investigaciones magistrales y doctorales que no subían de los 35.000 $, pero que sí entregaban a manos llenas información de primera mano sobre estudios sociológicos y antropológicos, análisis lingüísticos, semiológicos y literarios del Brasil. Fascinante además que tengan una biblioteca donde uno puede sentarse a ojear libros. Tal vez la única entre tantos locales que hay por toda la feria.
 

domingo, 22 de abril de 2012

Un comic para la literatura


Por Chano Castaño

   Hoy vino a la casa mi sobrino con su mamá--que no es mi hermana--y me contó que iba para la Feria del Libro. Le pregunté si gustaba de leer y me dijo que no, que él prefería jugar con su X-Box que leer la Divina Comedia, libro que tendría que comprar en esa feria en una edición especial que le habían pedido en el colegio, y que tendría que leer antes de que terminara el año. Mi sobrino tiene 12 años. 12 años en los cuales uno piensa más en patear balones, descifrar ese monstruo impresionante de la consola o hablar sobre trivialidades con los amigos de la cuadra o del salón. ¿A quién se le ocurre pensar que un niño de 12 años va a entender la magnitud de la Divina Comedia?, ¿A quién se le pasa por la cabeza que tales abismos, que tan profundas búsquedas literarias las vaya a comprender--o las quiera comprender--un niño que apenas está abriendo los ojos a la adolescencia? 
   Es el colmo que estos docentes no se den cuenta que son asesinos de lectores. Muchachos que ya no ven la literatura como un reposo del espíritu o un oasis de aventuras, sino como el centro de un aburrimiento aquietado y lleno de palabras desconocidas, aventuras espesas y enredos. Esa idea le queda a la mayoría de los que tuvieron que enfrentarse a un Quijote a los 14, a una Rayuela a los 13, a un William Faulkner a los 15. 
   Yo no niego que la literatura sea un aprendizaje que entrega muchas ideas y conocimientos en la edad juvenil de la vida. Pero pienso--como vienen diciendo muchos desde hace muchos años--que los programas de lectura en la mayoría de los colegios están atados a una tradición pedagógica que tiene tintes históricos, tradicionales y académicos. Leemos Siervo sin tierra a una edad en que ni siquiera nos explican bien los problemas de Colombia. Nos ponen al frente El otoño del patriarca, cuando apenas estamos vislumbrando lo que fue la historia de las dictaduras en el continente. Nos obligan a leer clásicos griegos que para muchos son aburridos, la prueba irrefutable de por qué no hay que acercarse a la literatura. Estos programas de lectura son diseñados por docentes que poco entienden--o se hacen los que no entienden, no lo sé--la realidad de esos jóvenes a los que enseñan y hablan sobre el mundo. Todos los que leemos con pasión y curiosidad, sabemos que los primeros libros que nos llamaron la atención estaban ligados a lo que vivimos en la infancia o la adolescencia. Recuerdo muy bien que a la edad de los 11, 12 años, seguía de cerca la seria de títulos llamada Escalofríos, escrita por R.L. Stine, un gringo bonachón al que yo imaginaba como líder de una secta, un asesino de gatos que escribía libros para atemorizar a medio mundo. También en ese tiempo leí muchos libros de Torre Amarilla y de Torre Azul, de los cuales recuerdo con cariño a Franz y a Soloman.  Un par de años después, sería El Atravesado de Andrés Caicedo y Pelea en el parque de Evelio Rosero Diago los libros que conmoverían mi alma violenta y altanera de la adolescencia. De ahí en adelante las historias fueron tornándose más complejas, pero el gusto por la lectura ya estaba ganado. 
   Me parece que también el problema se encuentra en esa transición de historias inocentes y predecibles, a grandes relatos que se abren por múltiples partes y muestran diferentes caras y matices del universo. En la primaria, los cuentos infantiles son básicos, cuentos que llenen de alegría a los niños pero que no los crean unos enanos sin cerebro. Al contrario, toda lectura que reta, que provoca, que identifica la vida del niño que lee con las aventuras de su protagonista, es una lectura fecunda que hace lectores. Cuando los niños ya están al borde del bachillerato, en quinto, en vez de entregarles libros más espesos que lucen interminables, habría que enseñarles la cultura del comic. Porque precisamente el comic tiene la fuerza gráfica que la literatura infantil no posee y trae consigo una gama extensa de personajes que pueden satisfacer al más variado público. Además, desde los comics se puede hablar de historia, de religión, de política, de geografía, de poesía, de filosofía. Las novelas gráficas y las tiras seriadas son grandes instrumentos a la hora de llevar al niño a la literatura madura. Son el espacio perfecto que hace la transición más fácil entre los libros livianos y las novelas densas. Así mismo, el comic enseña a relacionar las palabras con las imágenes, convirtiendo la mente en una máquina de recreación continua que ensueña con facilidad todo lo que se le narra. ¿Qué colegio enseña el comic como parte de su currículo de lectura? Ninguno. Todos lo ven como un simple brote más de la cultura pop, la cual no merece estar en la tradición de saberes que tienen muchos colegios en el planeta. 
   Hay que enseñar bien la lectura, no solo con libros clásicos y material profundo--que para muchos que apenas llegan al mundo, es incomprensible. Hay que llevar de la mano a esos nuevos lectores a todas las posibilidades que tiene la lectura, y mostrarles sin miedo un arte de la escritura, fecundo en posibilidades. No ha que permitir que la literatura pierda vigencia en la juventud por culpa de un puñado de profesores y de programas de lectura que están hechos con ideas de hace muchos años. Ojalá quienes lleguen a fundamentar de nuevo estos planes perciban que los niños son seres complejos que merecen acercarse también a la lectura de manera poco inocente y más sensitiva. Acercarlos mejor a su propio mundo a través de la literatura, y no obligarlos a salirse de ese mundo por culpa de una lectura laberíntica que solo deja tedio, malas notas y un repudio a muerte por los profesores de español y por los libros. 

sábado, 21 de abril de 2012

Las palabras que nos hacen menos


Por Chano Castaño

   Recapacitar sobre todas las palabras que decimos es una tarea titánica, pero no imposible. Dia a día el lenguaje es un camino que cruza el cuerpo y produce todo tipo de monstruos. Y traigo este tema a cuento de dos hechos que esta semana nos han sido desapercibidos: las excusas del Borbón que caza elefantes y la visita de uno de los cuatro de Liverpool a Colombia. 
   Son hechos íntimamente relacionados por una cosa que, fatalmente, los une: las palabras. 
   Primeramente decir que muchos movimientos sociales se oponen a todo, a que la gente coma carne, a que las personas aborten, a que los jóvenes se droguen. Pero muy pocos se oponen a las realezas. Tal vez como en Latinoamérica no sufrimos de aquel mal, ese de tener que soportar la soberbia, la majestuosidad fantoche de los castillos y la presencia de unas familias reales--noten lo absurdo de esa frase--, no estamos al tanto de este inconveniente. Pero un principio democrático debería ser la abolición de las realezas. Cortar de una vez por todas el chorro de una representación pueril del Estado, de la patria. Desde donde se le mire es absurdo todavía cree que hay reyes, monarcas, apellidos de sangre azul, en fin. Muchas veces creo que los reyes son simples aces políticos de los sistemas de turno. Los reyes han lamido el culo de locos (Rasputín), de dictadores (Franco, Hitler), de todo lo que se ha puesto a su paso para impedirles seguir siendo una venerada tradición de poder y sangre. Ahora, como el Vaticano, le lamen el culo a los presidentes, y aunque en muchas ocasiones siguen ejerciendo su poder colonial--¡porque no te callas!--, es evidente que son unos tránsfugas de turno, dispuestos a entregarse a quien sea por sobrevivir sus castillos, sus cotos de caza y los privilegios de todo tipo. 
   El hijueputa del Borbón mayor, cazador de vieja data que también mató a su hermano de un tiro--¿sin querer? quién sabe: en las monarquias la traición es un eje principal de tradición--, y que ahora asesina osos, elefantes y todo tipo de animales salvajes, vino a disculparse frente a la sociedad por sus escopetazos desenfrenados en el África. Como en todos los países democráticos, siempre hay un periódico que es manoseado por el poder privado y por el poder público: el País salió a decir que las disculpas del Borbón eran un "hecho sin precedentes". ¡Pura mierda! Un hecho sin precedentes sería que por fin lo sacaran de sus castillos y palacios para convertirlos museos, que apagaran por fin esa indiferencia social que se les ve en el rostro. Que apagaran por fin la existencia de monarquías en el planeta, y con ellas todas las palabras que las representan.
   Es ahí donde se conecta el tema del Borbón con el de Paul McCartney. 
   No comprendo cómo se puede alguien, en pleno siglo XXI, referir a otra persona como "Sir". Sir-vientes es lo que serán. Como siempre, en Colombia tratándonos de subir la mierda a la cabeza con cualquier expresión, idea o posición que surja de los países europeos. ¿Es que acaso a nadie le parece que referirse a alguien así es una posición de la Edad Media, uno de los tiempos más terribles, sanguinarios e ignorantes de nuestra civilización? Muchos dirán: "relájese, nada tiene de malo decir "Sir"." Pero no, me parece que hay un problema de fondo y es que criticamos hechos como el de la cacería del Bobón, pero nos llenamos el hocico de palabras que nos hacen sentir andando entre palacios. Una farsa. Así como la familia real de Inglaterra es una farsa que caga mierda blanca y todos sus nombramientos son una manera de reforzar esa distancia que los ingleses siempre han querido mantener con el mundo, esa "distinción". Recuerden que somos ciudadanos de derechos, ciudadanos activos políticamente en el día a día que demostramos, aun sin querer, lo que somos con nuestro lenguaje. Además, así como las monarquías han estado llenas de locos, asesinos y fantoches, los famosos "Sir" son un grupo de personas que guardan en sus listas piratas, ladrones y filibusteros que han lamido culo a los reyes. 
   Seamos coherentes--yo sé que es difícil, pero no imposible--. Defendamos el lenguaje de nominaciones serviles, esclavistas y oscurantistas. Abajo las familias reales. Abajo sus castas. Abajo las legiones elegidos por ellos para hablar al mundo. En sus castillos bien podrían enseñar historia a miles de analfabetos, y decirles desde la primera clase que las aulas donde están aprendiendo fueron el lugar donde la sociedad conoció las peores formas de poder y lambonería. Y decir que siempre hay que cuidarse de las palabras que nos hacen menos. 
   

miércoles, 18 de abril de 2012

Tipear Teclear Plumear

Por Chano Castaño

Lo bueno de poder escribir en el computador es la sencillez de la corrección. No existen esas natas del borrador que estorban y enferman, ni los manchones de corrector que lucen como huecos de un circuito de rally, y por fin, ¡quedó en el pasado el asunto de las hojas perdidas! Que se pierda el tiempo enviando una carta electrónica, pero que no se pierda un pedazo de árbol en nombre de la corrección de estilo.
   Otra ventaja de escribir en el computador es que las teclas están fijas y te permiten ir creando rutas cortas para todo tipo de función que necesites. La vieja mecanografía se ha tenido que adaptar a los famosos “short cuts”, un tipo de órdenes que ahorran tiempo en la actividad que se realiza. Hasta la ortografía y la gramática han caído en el centro de lo debates que buscan generar preocupación, pánico y furia. Yo no creo que la influencia de los chats se muy fuerte en cuanto a la ortografía y la gramática. Que ocurrirán transformaciones leves, podría ser. Pero de ahí a que ciertos cánones estrictos que son indestructibles por ser el fundamento de una lengua pasen a un segundo plano por una influencia virtual, es un camino mucho más largo pero no imposible. Por ahora las teclas están fijas y queda mucho por escribir.
   Tengo un amigo que no puede crear literatura en el computador. Ni obras de teatro, ni cuentos, ni poemas. Es un tipo clásico, más bien un reformista anacrónico, siempre luce en la fotos con una pipa larga, y procura que esas fotos siempre sean en blanco y negro. Por ser como es no tiene que odiar escribir en laptop, pero en él es un problema de estímulos: la pluma lo llena, el teclado lo repele. Estas alergias son culpa del romanticismo, porque la tecnología tiene mucho atractivo y seducción, pero es poco romántica. Yo no regalo un disco duro o una aplicación para proponer matrimonio. Tal vez en unos años cambie el asunto y regalar espacio de almacenamiento sea como hoy dar un presente inolvidable. Por ahora todos parecen quedarse con las rosas de verdad. Por eso los mecanismos de escritura deberían importar menos que lo que se escribe, porque en un momento del tiempo todo serán teclas. Pegadas en las paredes, tejidas en nuestra ropa, relucientes en los coches, cristalinas en el baño, dinámicas en la calle.
   Yo también tengo momentos de bate decimonónico y enloquezco la lira y le doy un temple cuando atino la nota. Pasa rara vez. Pero en muchas ocasiones escribo con una pluma o con lo que caiga y sé que el ritmo se aploma diferente, que todo va más lento y da gracia escuchar el deletreo de una palabra en nuestra mente, conozco el párrafo largo escrito a mano que en la pantalla es un minúsculo, y he visto a muchos personajes dedicados a la escritura que apilan cuadernos viejos en los que están sus primeras letras. Si todo eso estuviera digitalizado podría perderse más fácil, se cargaría de un lado a otro sin problema, y alguien más podría leerlo en un blog, una página o un post. Todo tiene más de dos lados. La experiencia de escribir con pluma o con teclado no sólo es importante por lo que ofrece al escritor en su proceso de creación, sino por la manera en que cada una de esas formas funde una época. La escritura a mano es tan antigua como la civilización humana, y la escritura del teclado, que sobrevive gracias a que previamente existió una escritura con bolígrafos y plumas, es una manera nueva que seguramente formará otros escritores, dará otras posibilidades de composición y añadirá algún tinte emocionante y misterioso a la silenciosa profesión del narrador. Personalmente siento que mi corazón va más al ritmo del teclado. No lloro tanto cuando lo hago. Coger plumas y lapiceros me pone melancólico. Siento que firmar un recibo o una factura puede ser el comienzo de una gran tragedia, y me tiembla todo.
   

martes, 17 de abril de 2012

Escribir de noche


Por Chano Castaño

  Alguna vez leí una frase de Cortázar que decía algo como, "si en la despensa todavía hay Nescafé, nada está perdido". No recuerdo si la frase versaba de esa manera, pero su significado me llevó a tomar tinto durante varias noches de lector empedernido. Las ojeras ni el temblor que se apoderaron de mí importaron de manera alguna. En verdad yo iba tras el control del sueño, esa sorpresiva sensación que nos cae cuando, tal vez, menos queremos dormir. 
   Muchas lecturas las realicé después de las diez de la noche, con los ojos brotados y la barriga retumbando con fuertes sonidos guturales. Fumaba mucho también en esos tiempos. Amanecía con la boca seca, la sensación de cansancio que deja el exceso de cafeína en la madrugada, pero eso si, con un libro empacado en el alma, a veces malo, a veces bueno, en pocas ocasiones excelente--si esta condición estaba en la obra que leía, de seguro no me percataba de que la madrugada me atrapara leyendo. Recuerdo que dejé la costumbre de empacarme una taza de café pesado en la noche cuando cambié la manía de leer en las noches por la de escribir. 
   Todo empezó con una lectura de psicología de la cuál no recuerdo el nombre. La autora, una polaca o una gringa o una italiana, tampoco mi memoria fijó con seguridad el dato, decía que cuando llega la noche y el cuerpo se predispone al descanso, la conciencia (o parte de ella, que me den palo los psicólogos), se adormecía y el flujo informativo del inconsciente se apoderaba de la mente. Podía entonces entrar en contacto con lo que la misma mente me ocultaba y luego plasmarlo como literatura. 
   Muchas noches trabajé en el experimento, pero lo único que sentía era la intensificación de la voz. La voz del pensamiento la sentía con una puntuación precisa, con un tono que me encantaba y una fluidez que me impresionaba. Escribía mucho, sí, pero ese no era el fenómeno más importante. Lo que me fascinaba era la potencia que en las noches mi pensamiento experimentaba, llegando a comprender muchas cosas que ni en la mañana ni en la tarde eran accesibles. 
   Los del inconsciente nunca lo vi relacionado con eso. Por el contrario, me sentía más consciente que nunca. El inconsciente creí sentirlo en varias bebetas en que uno llega a la casa y se acuesta para dar vueltas y más vueltas, mientras en la mente se siente el aparecer y desaparecer de miles de colores, centelleos e imágenes furtivas cargadas de simbolismo surreal, onírico, fantasioso. Recuerdo mucho una de esas imágenes. En una tomata de cervezas y varios mojitos, hicimos una despedida a un amigo que se iba a estudiar literatura al Paso, Texas. Esa noche la cosa se terminó antes de la media noche porque mi amigo tenía que madrugar y el ágape no podía extenderse. Desde que partí del bar hasta que llegué a mi casa, un discurso optimista literario venía fraguándose en mi cabeza. Ese día sentí que la literatura, como nunca antes, me salvaba la vida. Cuando me puse las cobijas encima, mi pirotécnico pensamiento empezó a enviar un bombardeo de imágenes que parecían un test de Rorschach convertido en una animación, una secuencia de estrellones de colores deformados en los que lograba distinguir rostros familiares de todo tipo: personajes, amigos, parientes cercanos, sensaciones vueltas rostros, obsesiones vueltas chispazos de color y velocidad. En vez de sentir fastidio por esa sensación y ese conjuro de imaginaciones, trate de unirme a él. Intenté perderme en su espesura y velocidad, y de repente comencé a sentir que mi cuerpo se cargaba de una sensación de bienestar de pies a cabeza. Me estaba fusionando o por lo menos estaba llevando toda esa convulsión a mis venas, mis sistema nervioso, mis músculos. Al final, cuando la sensación de placer se hizo más fuerte, vi a todos los personajes que había leído en mi vida. Allí estaba Gatsby, Oliveira, Goriot, Fausto, Alonso Quijano, Aureliano Buendía, Amarilla, el pirata Silver, Nessim, el contrabandista de pájaros, Arturo Belano, en fin, y venían todos marchando como en una protesta que se tomara las calles de una ciudad, con la diferencia que esta muchedumbre que avanzaba hacia los adentros de mi mente no tenía un fondo sino un telón oscuro tras de si, pero la presión de su avanzar y la fuerza que contenían sus pasos se diluyó en un breve instante, y yo sentí que en mi corazón se anidó una fuerza compacta, una extraña presión sanguínea que me hizo sentir más liviano, y al final quedé dormido como un león entre sus tierras. 
   No he vuelto a experimentar aquella extraña sanación literaria. Al día siguiente me sentí perfecto. Guayabo casi ni tenía. Y me volqué al teclado a escribir sin parar, a escribir lo que fuera, con tal de volver a evocar lo que había pasado el día anterior. Pero me fue imposible. 
   Con el tiempo me fui dando cuenta que lo ocurrido esa noche fue una mezcla de vida y memoria. Una poderosa manifestación que afirma que la literatura anda más viva dentro de uno que en las bibliotecas. Esas vidas de las que un lector se apropia no mueren en el abismo eterno del olvido. Por el contrario. Su explosión interna está en nosotros cada instante y, sin percatarlo, todos los días somos una ficción que tal vez hayamos leído tiempo atrás o hayamos imaginado tiempo atrás. 
   Escribir de noche, extrañamente, es un llamado continuo a esa marcha literaria en mis adentros. No lo niego: de vez en cuando hay un cadáver, un amor profundo, un camino nuevo y la vaga sensación de no estar solo. 
   

lunes, 16 de abril de 2012

Vuelvo al sur





Por Chano Castaño



   Hace algunos años soñaba con largarme de Colombia y cumplir la profecía de Simón Bolívar: "la única cosa que se puede hacer en América es emigrar". Y aunque mi alargada sobre el ideal final del libertador se realizó poco a poco, lo que quiero contarles hoy es una reflexión a posteriori de esas cruzadas por Europa y Norte América, donde aprendí que para hacer bien el amor hay que venir al sur. 

   O volver al sur, regresar a él como vuelve un libro clave a las manos de un lector enclave, como regresa la música, cíclica, al corazón del nostálgico que ve sus épocas sobre los ritmos y sonidos. Mi condición de Latinoamericana, en un principio, se apresuraba por criticar la tripleta mortal que sacude a nuestro continente desde hace años: miseria, pobreza y violencia. ¿Qué hacía? Pues citar informaciones, autores, organizar argumentos y ser mala leche con todo aquel infortunado que se me atravesara en el camino a platicar de nuestra tierra. Para mí sencillamente Sur América fomentaba la violencia, la ignorancia y la pobreza en el mundo. Pensaba que nuestros aportes no iban más allá de los rasgos culturales típicos, una que otra luz de literatura genial y algún científico que ya no vive acá. Y claro, el fútbol, deporte que en los 90 fue la antorcha de optimismo que veía Colombia entre bala y sangre.

   Cuando decidí irme, justo antes de llegar al aeropuerto, compré un libro clave para la gente de mi generación: Los detectives salvajes. En el avión que me llevaría hasta Londres, con dos whiskys y una cerveza en la cabeza, leía casi por completo el voluptuoso libro de Bolaño. Y entendí, fatalmente, que todo lo que había pensado era mi continente, todo lo que creía podía sacarlo de la bosta y todo lo que yo aseguraba podía llevarlo a ser el mejor vividero del mundo, se iba por un tubo de pesimismo y vanguardismo desgastados. El fuego fue la palabra que me mostró descarnadamente el ridículo y la angustia de los artistas latinoamericanos, el ansia y el egoísmo de los empresarios escapistas, la cara tonta de los líderes románticos y patéticos, el lado blando de de los villanos descarnados y pretensiosos, y la felicidad pretendida de los pueblo andinos y del cono sur, que entre tango, montañas y superchería, iban entrando al siglo 21 con pisadas de animal bicho.

   En la capital de Inglaterra todo fue diferente. Veía cada dos semanas algún grupo favorito en concierto. Hacía dinero para mantenerme, viajar y estudiar, lo que significaba no tener tiempo para nada, pero no por estar siempre tratando de sobrevivir--como pasa en Latinoamérica--, sino porque mi vida la aprovechaba al cien por ciento y no había nada que temer ni que perder. Tuve amores increíbles, fatigosos trabajos, geniales maestros, rumbas inagotables, viajes fantásticos y ganas de no volver nunca más a pisar Latinoamérica. Pero nada fue suficiente. Viví dos años en Londres, tres en Barcelona y uno en New York, de donde regresé después de mucho ir y venir a mi tierra natal. En medio de todo ese periplo internacional hubo 3 cosas que llegaron en momentos diferentes y me hicieron llorar, reír y querer otra vez a esta tierra de cordilleras infinitas y de español mestizo.
   La primera fue un poema. Un amigo que trabajaba en una tienda de libros me regaló una antología de Borges, y yo en una tarde me leí con lentitud y meditación cada frase del argentino. Fue 1964 el poema que me hizo llorar durante meses, revolcada sobre las cenizas de mi pasado, y logró convencerme que en esa tierra de la que yo tanto había tratado de desligarme estaba mi verdadero centro. Citaré de ese mismo libro el verso que me estremeció con la magia y la furia con que Latinoamérica seduce al resto del orbe.



Ya no seré feliz. Tal vez no importa.

Hay tantas otras cosas en el mundo;

Un instante cualquiera es más profundo
Y diverso que el mar. La vida es corta
Y aunque las horas son tan largas, una
Oscura maravilla nos acecha,
La muerte, ese otro mar, esa otra flecha,
Que nos libra del sol y de la luna
Y del amor. La dicha que me diste
Y me quitaste debe ser borrada;
Lo que era todo tiene que ser nada.
Sólo me queda el gozo de estar triste,
Esa vana costumbre que me inclina
Al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.




   Todo latinoamericano que ha leído esa frase fuera del continente imagina el Sur, su puerta, su esquina. Cada uno tiene la suya. En mi caso personal me hizo conciencia sobre lo extraño y bello que era mi lugar de origen. Porque lo vi, y aunque lo había recordado miles de veces, la imagen del verso era más poderosa que cualquier recuerdo volátil, y generaba en mis entrañas un revuelco lleno de llantos y penas, y después sentía un vacío, justo cuando cerraba el libro: era abismo, abismo puro que estaba esperándome ahí desde que actué siguiendo la premisa de Bolívar sobre que en ese Sur, en esa puerta, en esa esquina, sólo está permitido no volver.

   Lo segundo fue una canción. Vuelvo Al Sur interpretada por Caetano Veloso. Vivía yo en Barcelona, estaba de marcha con unos amiguetes y unas parceras de hace rato, y nos dio por entrar a un bar de tango y música brasilera. Tequila, cañitas, caipirinha, baile. Yo no siquiera me acordaba de que al otro lado había alguien esperándome, allá, tras las nubes del "tiempo abierto" y "su después". Y cuando me estaba disponiendo a cantar la que pusieran, sonó esta, y carajo, yo era la única latinoamericana de allí y lloré, recordé la puerta, la esquina, volví a percibir el aire tibio de Colombia, su gente fogosa y enérgica, el agua cristalina, los mares, las palabras, y lo vi todo de nuevo y tuve que irme a mi apartamento en Barcelona acompañada de un amigo con el que tiraría esa noche para no suicidarme. Vuelvo Al Sur como se vuelve siempre al amor.

Pasaría un año y me largué a vivir a New York con Rafael, ese amante barcelonés--ahora somos amigos--con el que me tiré la noche que Caetano me puso el origen sobre el ombligo. Conseguí trabajo de reportera y nos acomodamos en un apartamento sobrio, relajado, y pasamos allí buenas noches y pésimos días. El peor día fue el penúltimo, cuando una amiga me llamó desde Cartagena a preguntar por mi vida mientras yo tecleaba y perdía pelo escribiendo para una página web. Ah, y era invierno. Un frío atroz me calaba los huesos y el cerebro cada noche, hasta que hubo un muerto. Abrí el correo en la mañana--la del último día-- y ahí estaba la noticia, el ciclo cerrado de mi indignación: Roberto Bolaño había fallecido. Mi periplo buscando explicaciones había cerrado su primer ciclo: debía regresar para encontrarme de nuevo, luego la vida se encargaría de todo como lo había hecho hasta ahora.
   En Colombia lo primero que encontré fue un clima rarísimo--era el mismo de siempre, pero ya habían pasado 6 años--, y saludé cada mañana al sol como se saluda al amante el primer mes de relación. Caminé por Bogotá, fui a Cali, a Medellín--allí el barcelonés me abandonó por indignación--, y conocí al amor de mi vida mientras lloraba sola en la barra de un bar. Nunca más he vuelto a salir de Colombia. Tengo planeado volver a hacerlo en un futuro, pero nada es seguro. Ahora estoy feliz en el Sur, en mi puerta alumbrada por la luna y el sol, en mi esquina poblada por voces variopintas, y en mi ciudad única, irrepetible, del tercer mundo.




(Texto tomado de un antiguo blog en que escribí con el pseudónimo de Lucrecia Lautaro)

domingo, 15 de abril de 2012

Plática sobre idealismo y acción, por Alberto Fresán y Pedrito Riff



Por Chano Castaño

   Dos idealistas llenos de caminos por tomar. Serios, fulminantes, no dan tregua al azar ni al alquitrán de sus Marlboro Lights. Uno recibe al otro, siempre, en visitas dominicales. Hablan del mundo deshecho que habitan y del universo tejido entre sueños y miradas al infinito.

   -¿Viste el poema de Günter Grass?--dice Alberto Fresán. 
   -Sí--responde Pedrito, lanzando el humo del cigarro en la fría tarde de Bogotá--. Pero no me gustó ni mierda. Digo que no me gustó como poema, porque lo que dice es verdad. Esos hijueputas de Israel están locos, los de Irán están locos, y ni se diga los gringos de mierda.
   -Se nota que antes de venir a estas visitas--dice Alberto--te lees las columnas de Antonio Caballero
   -¿Qué? Si de ese huevón he leído solo Sin Remedio, y tampoco me gustó mucho. Tiene un sabor de comunista metiendo ácidos y perico que te satura. 
   -A mí me encantó esa novela, Pedrito. Debió ser que te la leíste muy pegado al techo. Pero te hablo es del poema de Grass, porque me parece que un tipo de esos se busca una bronca pendeja señalando cosas que ya todos saben.
   -Pero que nadie dice.
   -Sí, nadie dice esas cosas de frente. Pero tu eres colombiano, tu más que nadie sabe por qué la gente se calla para no tener problemas.
   -Yo soy colombiano--dice Pedrito algo ofendido--pero me importa un culo si tengo que morirme por expresar lo que pienso y siento.
   -No sea marica, Pedro, que eso dice relajado acá fumando cigarros en el sofá de mi apartamento. Pero si le metieran los milicos un palo por el culo para hacerlo hablar, o se lo llevara un grupo de guerrillos o Paras por sapo, por lambón, estoy seguro que se aprende a callar. Acá es así, y usted sabe que no sirve dárselas de súper héroe: al final estamos condenados, siempre. 
   -Usted es muy pesimista, Alberto--dice Pedrito apagando su pucho en un cenicero que dice México y trae un grabado de una iglesia--. Yo creo en la palabra, en la gente de palabras y en los que hacen ideas con esas palabras.
   -Usted cree en los habla mierda, que
   -Que a la final qué--interrumpe Pedrito a Alberto--. Si nadie hablara de las injusticias y porquerías de este mundo, si nadie le pusiera una contra a los poderosos y a los hijueputas cagadores que nos tienen en la mala, de seguro seríamos esclavos todavía, o peor aún: seríamos una colonia española.
   -Ahora somos una colonia gringa democrática. ¿No ve noticias?
   -Si veo noticias, Alberto, pero también leo blogs y libros y periódicos liberales.
   -Los periódicos son una farsa, un tema comercial, están alineados con la agenda de los gobiernos o de los opositores. A los únicos que hay que comerles algo de cuento es a los que están llenos de enemigos. Esos siempre tienen algo de razón.
   -Y por eso los quieren matar también--dice Pedrito con la mirada inquieta y tomándose la cabeza.
   -Pero tienen algo de razón. Yo no le creo nada a los analistas políticos, a los periodistas, a los estudiosos de temas profundos, como dicen ellos. Le creo más a este poeta de mierda alemán. Pero él también está seguro, esperaba que dijeran que es una antisemita y que no puede ir a Israel, pero, ¿quién quiere ir a ese cagadero?
   -Yo tengo una amiga que quiere ir a lo que usted llama un cagadero--dice Pedrito ladeando la cabeza y tomándose la nuca--. Ella dice que se va a buscar sus raíces, su historia. Después de un rato y de que vuelva, le podré opinar si es un paraíso o es un cagadero.
   -Es un cagadero lleno de hijueputas, como Colombia--dice Alberto Fresán--. Yo creo que el único país que no es un cagadero es Corea del Norte o esos países que no tienen ningún vínculo con toda esta farsa que llaman globalización o liberalismo o mercado libre. Los que están fuera de esa órbita son países que no se dejan cagar y por eso no son cagaderos.
   -Alberto, usted es un tipo que lee muchos libros pero no sabe nada de la vida.
   -Pedrito, usted es un huevón que se las dá de saber mucho de la vida pero no sabe que esto es el infierno.
   -El infierno son los otros--dice Pedrito citando a Sartre y sacando otro cigarrillo. 
   -El infierno es donde usted esté mal. Nosotros vivimos en un infierno. Somos colombianos que queremos cambiar nuestro país pero somos indiferentes. Nos vale huevo la política y la acción activista, nos limitamos a comentar y a criticar en ámbitos sociales los problemas de esta nación, y queremos irnos en la primera oportunidad a otro lugar a buscar mejores horizontes. Pedro, no se las venga a dar acá de liberador ni de idealista. Nosotros siempre pensamos lo que queremos pero hacemos lo contrario. 
   -Por pensar así es que estamos jodidos--dice Pedrito fumando--. Si usted en serio quisiera cambiar esta vaina, se quedaría y buscaría un trabajo donde pudiera ayudar a la gente a transformar su realidad.
   -"Su realidad", no sea pendejo, Pedro--dice Alberto rapándole el pucho a Pedrito--. La realidad es un inconveniente de cada uno porque cada uno tiene el poder de largarse a la mierda caminando o de irse a vivir a una montaña o de matar gente hasta que lo maten. La realidad es una masa que todos cogen para mentir a los otros, a la final un insumo, una materia prima, un elemento, un principio, en fin, tómelo como quiera, pero hablar de realidad en la era de la relatividad y la conciencia del absurdo no tiene sentido. Cada uno es una realidad. 
   -Alberto, usted no quiere ayudar a cambiar nada. Mejor deje de criticar y de joder a los demás, dedíquese a trabajar sus proyectos y sus pendejadas y deje a los que quieren ayudar tranquilos. Personas como usted son iguales a los hijueputas que joden a todo el mundo: ni rajan ni prestan el hacha.
   -Yo le presto el hacha al que quiera, Pedrito--dice Alberto devolviendo el cigarro--. Pero que no me jodan queriéndome vincular a cuanta porquería se les ocurre para cambiar el mundo.
   -El mundo hay que cambiarlo, Alberto, sino estamos jodidos. Sus hijos y nietos están jodidos.
   -No me crea tan marica, Pedrito, que yo me quiero hacer la vasectomía y cortar de raíz con esa idea de la familia. ¿Es que acaso no le basta con la gente que hay? Si le quiere dar amor a los niños métase de niñera o trabaje en un comedor comunitario; si quiere darle amor a los abuelos váyase a un ancianato que huela a formol y remedio todo el día; si quiere mujeres que se lo den por pesar o por amor o por lo que sea, trabaje ayudando a las putas, que cuando le cojan cariño se lo dan gratis. Pero no me crea tan huevón, Pedrito, no me diga que los hijos que no tengo y que los hijos de esos hijos están jodidos. Dígame que usted y yo estamos jodidos y le creo. 
   -A usted su presente lo tiene absorbido, Alberto. No es capaz de pensar más allá de los pasos que da en un día.
   -No me importa el futuro. Eso es trabajo de astrólogos e intelectuales. Que ellos escriban y nos mientan, prometiendo flores cuando vendrá la mierda, prometiendo paraísos donde solo cabe basura. 
   -Los intelectuales son necesarios, más en una era de la información donde hay tanta falsedad, simulacros y mentiras. Usted al negar todo y al ser un cítrico de mente, es un intelectual.
   -Solo falta que me diga antisemita o nazi, huevón--le dice Alberto a Pedrito algo ofuscado--. Yo no sé por qué me reuno con usted a hablar si ya sé que vamos para el mismo lado siempre: salvar el mundo con las ideas. Bah, pura basura artistoide. 
   -No se las tire de nihilista, Alberto--dice Pedro apagando el segundo pucho de la noche--. Hoy en día todos tenemos una palabra en la que creemos, una imagen que nos sube el ánimo y nos exalta, y algo que salvar. Así sea nuestra propia vida. Es lo mínimo. Usted hablando tanta cosa negra y tanta palabra dura, lo único que busca es salirse de esta caneca y salvarse. 
   -Bueno, Pedrito, como usted quiera. Si he de salvarme tirándome a una caneca, lo haré.
   -No sea huevón, Alberto. Lo que yo digo es que por más mala leche y come mierda que usted sea, por más discurso del No o discurso crítico que tenga, siempre va a querer salvarse porque es incapaz de pasar la línea que lo lleva en retrospectiva y lo conduce a darse palo usted mismo. Se le caen los huevos, Alberto, cuando su lengua le apunta a su corazón.


   Los dos hombres se ponen de pie. Uno acompaña al otro hasta su casa. De vuelta a la suya, Alberto cree que Pedrito siempre termina ganando y siente un vacío en el estómago. Es fascinante salvarse cada ocho días sacando lo malo que se nos vino en la semana. Lo malo, es que cada ves es más difícil huir de la semana y tener algo bueno o diferente que los salve. 


sábado, 14 de abril de 2012

Romeo y Buseta



Por Chano Castaño 

   Cuando subo a cualquier tipo de transporte público en la ciudad, sea un Traskilenio, una buseta de Cooperativa de Transportes Fontibronx, un colectivo currutaco y miserable o un taxi atravesado y zapatico, intento acomodarme de la mejor manera para leer. 
   Pero es un infortunio. 
   En el Traskilenio o los buses, busetas y colectivos, siempre toca ubicarse adelante, en las sillas donde solo caben cómodamente personas de baja o mediana estatura. En esas plazas el automotor, aunque sea víctima del acné de las calles bogotanas--producido por una infección de corrupción corrosiva--, no tiembla tanto y el libro que sostenemos en las manos puede leerse de manera apacible. De ahí para atrás todo es brincadera y erecciones. 
   Nadie niega que es más cómodo leer en el Traskilenio. Diga lo que se diga, el primer vagón de los articulados no tiene tanto Parkinson y mantiene el libro como si estuviéramos en una poltrona (sé que exagero, pero a comparación del resto es así). 
   Cuento con los ñocos de una mano mocha los taxis que llevan revistas--así como los que se pueden pagar con tarjeta de crédito o débito. No existe ninguno que lleve un libro, aunque fuera por excentricidad. Tal vez en ninguna parte del mundo exista un taxi con libros. Hay burros con libros, puteaderos con libros, políticos con libros, asesinos con libros, pero no taxis con libros. Sería una forma de innovación que podrían aplicar las famosas capitales mundiales del libro. 
   Así como hay personas que les parece sexy una muñeca de plástico que hable o un enano en forros de cuero negro, a mí me fascinan las lectoras del transporte público. Se me hace agua la boca por saber cuál es el título que leen, y al saberlo, empiezo a corromper mi mente buscando un posible carácter en relación a su lectura, una posible voz en relación a su postura, una posible reacción o fascinación en pos de su rictus. Lo malo es que acá en Bogotá, las lectoras del transporte público son escasas. Hay más en Buenos Aires, Madrid, Barcelona, pero no soñemos quienes estamos en la capital del ajiaco y El Campín. 
   Además, quisiera enviar un mensaje a todas esas ancianas madres que nos interrumpen la lectura de buseta acusando que nos vamos a dañar los ojos. Problema mio, vieja hijueputa. 

jueves, 12 de abril de 2012